España: the dream is over

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Corría el año 1991. En la ciudad de Guadalajara sesionaba por primera vez la Cumbre Iberoamericana, que reunía a los jefes de Estado de los países latinoamericanos que habían sido colonias españolas y portuguesas y las respectivas madres patrias. España estaba ya en pleno proceso de europeización, saliendo de pobre, saboreando las mieles del primer mundo. Nuestra región vivía los comienzos de las políticas de ajuste, bajo la hegemonía cultural de eso que sería repetido como síntesis explicativa de muchas -tal vez demasiadas- cosas: neoliberalismo. La declaración final de esa cumbre marcaba el rumbo: “Estamos comprometidos en un proceso de profundo reajuste de nuestras economías con el objeto de lograr con eficiencia la recuperación y el crecimiento. Nuestros países han hecho avances significativos en sus procesos de modernización por medio de la reforma del Estado y de la liberalización económica. Tales procesos han entrañado sacrificios que deben cesar para que sea posible establecer una verdadera justicia social.” Descollaban en esas cumbres Felipe González y el rey Juan Carlos. Democráticos, moderados, progresistas. El primero todavía no se había convertido en un lobbysta descarado de intereses empresarios, aunque iba cimentando ese camino con ahínco, torciendo el rumbo histórico de su partido. El segundo se presentaba como el puente de plata de la transición del franquismo a la democracia y desde ese púlpito traía ondas de amor y paz a un continente que había pasado hacía muy pocos años por un proceso similar. Se cumplían, además, 500 años del desembarco de Colón en América. León Gieco cantaba que habían sido “cinco siglos igual”, una injusticia histórica pero que se llevaba bien con un momento donde todo parecía igual, eterno, inmodificable. El fin de la historia y todo eso.Había, además, un desembarco económico. En cuestión de pocos años, España pasó a competir cabeza a cabeza con Estados Unidos el primer lugar en las inversiones para América Latina. Repsol sería la frutillita del postre: bancos, teléfonos, aviones, infraestructura, venían al galope de una España pujante que, además, iba recibiendo a una parte de la población sobrante local que quedaba sin trabajo por la misma lógica económica que abría las puertas a las empresas ibéricas. El 24 de abril del año 2000 el diario El País canchereaba: “La segunda conquista de América”.Pero los procesos históricos no son ni eternos ni inmodificables. Pocos años después ese empuje inversor comenzó a mostrar sus límites. España no es, al fin de cuentas, una potencia económica, menos que menos un Imperio, sino un espacio geográfico incluido en el experimento de la Unión Europea que durante un tiempo vivió -no menos fantasiosamente que nuestros países- un boom económico prestado. Pero, como suele pasar, es fácil acostumbrarse al éxito, así sea pasajero, y muy complicado ser consciente de que se está cuesta abajo. Así, durante la Cumbre Iberoamericana de 2007, el desbarajuste entre la escenificación de la “segunda conquista” y la nueva realidad del continente se volvió patente. La corte del rey Juan Carlos ya no era Menem, Fujimori o Cardoso. Lula, Kirchner y Chávez venían, dos años atrás, de cerrar filas para que el Alca no se firmara. La relación de fuerzas había cambiado mucho. Pero el rey no se dio cuenta. Y mandó la célebre “¿Por qué no te callas?” Él, el monarca hereditario, silenciando a un presidente de una República, votado por ciudadanos libres.La comedia española de estos días por la decisión argentina de recuperar YPF marca que ese proceso de aceptación de la realidad todavía está en veremos. La sobreactuación de declaraciones tremendistas, de amenazas irrealizables, de caracterizaciones injuriosas, no es propia de quien tiene fe en sus propias fuerzas. Todo lo contrario. Pero en España parece, además, estar pasando otra cosa. Una crisis que ya no es solo económica, y cada vez se muestra como sistémica: derrumbe de la actividad económica, del empleo, retroceso de las conquistas sociales, pero también deslegitimidad de la clase dirigente, mimetización de los programas de los partidos políticos mayoritarios, limitados a pensar dentro del estrecho margen de un status quo que cada día beneficia a menos sectores. En el medio de ese panorama, otro símbolo aparece arrastrado por el tsunami: el rey sale a cazar elefantes al África, vuelve herido a la patria y debe pedir disculpas a sus súbditos que están sin trabajo (el diario monárquico ABC constata que son sinceras, por medio de un estudio gestual, posta). Como si fuera poco, lo acusan de tráfico de influencia en favor de su yerno y con el BBVA en medio. Algo se está rompiendo en la península. Algo, inevitablemente, va a cambiar. Desde acá, con humildad, lo único que pedimos es que no nos echen la culpa.

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Mas claro, echale nafta

Va a llevar un tiempo dimensionar lo de YPF. El Estado recupera la empresa más grande de la Argentina. Recupera el control sobre una masa de recursos que abre la puerta a un nuevo momento de la política  económica, porque permite manejar variables de inversión, precios (no sólo del petróleo, sino de una cantidad enorme de producciones que lo rodean), decisiones de desarrollo en localidades dispersas en todo el país, intercambio comercial con otros países sobre una producción sensible y estratégica, etc. Incluso, se sumaría el control sobre la empresa que comercializa el gas en garrafa, haciendo posible un plan de subsidios a ese bien para la población que no tiene gas de red. El cambio es enorme. El desafío, los riesgos, las oportunidades, también. Lo que no hay que perder de vista es que todos esos interrogantes y posibilidades se abrieron por la decisión política de recuperar la empresa. Lo que hay que defender, más si vienen días complicados, es ésa decisión, más allá de los avatares en los surtidores. Esa es la diferencia con los apoyos relativos: no es el éxito circunstancial lo que hay que bancar, sino la dirección, el rumbo político.

Se cierra un ciclo de preguntas sobre el kircherismo (ese latiguillo tan de los blogs “el kirchnerismo es…” para después intentar con ingenio nombrar y renombrar a la experiencia). El rol del Estado es el centro de la escena. Listo. El poder político y los recursos. La guita y su distribución social. El Estado como mediación para eso. El poder económico como el enemigo íntimo con el que se baila, se va a las manos, se vence, se negocia. Lo que sea. Pero con la certeza de que ese es el otro. Por eso, más allá de sus limitaciones exasperantes (quisiéramos, de veras, que fuera mejor) Macri sobrevive a los intentos más esporádicos del resto de la oposición. Porque es el único que es, verdaderamente, el otro. Testimonial y hasta inofensivo por ahora, pero latente y atrincherado en la convicción de que ese ring de disputa entre Estado y mercado está mal diseñado, que esa pelea es inútil porque no debería haber uno y otro sino un mismo poder tirando para el mismo lado. Macri cree, un su aniñada intuición, verdaderamente en eso. Y el kirchnerismo, todo lo contrario. El resto. ¿Qué pensará el resto? ¿Quién puede querer ser presidente si no puede responderse esa pregunta? Hay ring o no hay ring. Entonces, no hay ya nada más viejo que el sentido común que recorre al resto de la clase política: “es una medida correcta pero en manos de este gobierno…”. Una, dos, tres, cien veces lo mismo. Ya queda mal en el blog de Caparrós en El País argumentar de esa forma, ni hablar si se tienen pretensiones de poder institucional. La impresión es que a la camada actual de dirigentes opositores cada vez les queda más grande el hipotético manejo de un Estado que tiene sobre sus espaldas la cobertura provisional del 90% de las personas con edad jubilatoria y el control de la empresa más grande del país. “mucho quilombo” es un razonamiento lógico para un tipo de político que creyó que su lugar era el refugio de valores abstractos. Pero lo que vino fue la necesidad de rehacer un país. Roquismo, yrigoyenismo, peronismo, menemismo, kirchnerismo. Hay modelos ideológicos para elegir en la historia argentina para todos los gustos, pero no casualmente los políticos progre-centro-radical-pro siguen prefiriendo experiencias fallidas, accidentales, inocuas, olvidables, como el gobierno de Frondizi. De inventar para delante, menos que menos.

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El ciclo se cierra en un momento de épica que difícilmente se iguale. Es un momento de crisis -en sentido literal- de cambio, de ruptura. Cualquier estatización será inexorablemente menor (que técnicamente sea una expropiación y se mantenga la figura de sociedad anónima, no cambia las cosas), cualquier reclamo “por lo que falta”, será también un tranco chico (siempre que no trampeemos con cosas como “la felicidad del pueblo”). Rompamos el listado de pedidos, la mayoría son adornos al lado de lo de YPF. O no lo rompamos, pero sepamos que ninguno desafía ya el margen de lo posible. “Si se pudo recuperar YPF como no….” puede ser una muletilla de propios y extraños de acá en más. Y está bueno.

Hay un ciclo que se abre, también. Que muy lejos está de ser la gris administración conservadora de lo que ya está, como algunos imaginaban. (En verdad, los que imaginan eso, es porque imaginan el fin del kirchnerismo). Pero que tiene tanto de político como de técnico. La crítica esquizofrénica a la Cámpora: hordas sin títulos secundarios y profesionales de alta alcurnia. ¿Los dos a la vez? Podría ser, pero el discurso para un estigma se anula si se opta por el otro. Y entonces se quedan sin discurso. Y aparece Kicillof “embistiendo” en el Congreso. Embiste, altanero. Se nota mucho lo evidente: mucha distancia con el resto, un promedio político desastroso, que solo puede articular chicanas que ya ni tienen el efecto que se espera de las chicanas. El vice ministro les tira por la cabeza el 2001. Es generacional porque en esa vehemencia están las convicciones que un par de generaciones de políticos perdió. No se trata de elogios personales. La cuestión de los años pesa. Los diputados y senadores, en su gran mayoría arrollados por la triple debacle radical-menemista-radical contemporánea a sus carreras, tienen por lógica, un tanto abolladas sus creencias más salvajes y primarias (esas que son, al fin de cuentas, las únicas que importan). En la formas y en el fondo, el discurso del vice ministro tiene mucho de 2001. Tiene bronca, tiene desprecio por el status quo, tiene, además, una sabiduría inigualable, que solo se puede aprender en una crisis: que el poder no es tan poderoso. Que al final, las estanterías son todas provisorias, que los escenarios institucionales son eso: escenarios. Que el poder está en otro lado. Que juntando voluntades, se puede hacer un lindo zafarrancho.

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Pero ese ciclo no es sólo el protagonismo de un puñado de gente joven. El cambio es el cambio de escala. Es pensar los problemas de un país con consumo de Asignación Universal por Hijo y casi pleno empleo, los problemas educativos con alumnos con computadoras personales, los problemas energéticos de un país dueño de su petróleo. Tampoco es el famoso “largo plazo”. Porque no hay proyecto político que se precie de tal que no sea, en términos prácticos, cortoplacista. Por una cuestión puramente democrática: se puede perder en cuatro años. Pero sí hay un cambio de escala. Si el Estado fue y es el centro del proyecto político kirchnerista, la preocupación sobre la burocracia de ese Estado ampliado, enriquecido, más complejo, más ramificado, etc, se vuelve, también, algo central. ¿Cómo conducir al monstruo? Es un problema político, ideológico. Ahora que hay Estado, hay que cambiar al Estado. ¿Cuál es la síntesis de política y burocracia? ¿Cuál es la inercia que se arrastra de las viejas capas estatales que entraron durante la fase de la debacle estatal? ¿A quién se llama? ¿A quién se deja afuera? Había una vez un ruso que escribió…mmmm, no, no. Mejor inventemos un poco.

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Moda y pueblo

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Hay una moda en los gobiernos sudamericanos: las sociedades políticas mixtas. Cristina y Néstor, Dilma y Lula y, ahora, Nadine y Ollanta. La esposa del presidente peruano tiene todos los condimentos para que se empiece a hablar de ella como una figura política con luz propia. Es carismática, excelente comunicadora, dosis calculadas de trasgresión y verticalidad, mucha presencia en las redes sociales. Los medios peruanos ya están empalagosos con los análisis donde emparentan a la pareja presidencial con el modelo sucesorio del kirchnerismo: un mandato vos, otro yo. En el país andino esto se vuelve, además, una necesidad para la continuidad del humalismo porque la constitución prohíbe la relección inmediata (el presidente en ejercicio tiene que dejar pasar un período para volverse a postular). Aun así, una hipotética candidatura de Nadine tendría que sortear un artículo del código electoral que impide a los familiares directos del presidente candidatearse. No es ningún resorte para evitar “desviaciones populistas” hecho por alguna pluma liberal, sino producto del desamor marital: fue Fujimori el que impulsó el cambio de ley para que su entonces esposa, Susana Higuchi, no pueda ser candidata por…la oposición.  A mediados de los noventa Susana pateleó por los medios, pero la ley siguió su curso y, además, Fujimori la remplazó en el puesto de primera dama por su hija, Keiko, que fue la que finalmente tuvo un rol político en las últimas elecciones, donde perdió en la segunda vuelta con Humala. Una variante más politizada –pero muy similar en los roles- a la novela de enredos de la familia Menem-Yoma por aquellos mismos años.

El manoseado tema del “rol de la mujer en la política” puede pensarse desde este ángulo: en los noventa las mujeres presidenciales ya no se bancaban el silencio decorativo, aunque tampoco pudieron lograr ser socias del poder. Eran las “mujeres de” pero el viento de fronda ya estaba ahí. La modernización globalizadora que era bandera de esos gobiernos noventistas lo invadió todo, y entró también en las vidas privadas de las parejas presidenciales con el toque de época que incluía el escándalo mediático pero también una nueva legitimidad, que permitía un lugar propio, una voz, un derecho a ir por más. Pero las zulemas y las susanas arrastraban algo de lo viejo, algo del antiguo rol aristocrático de las “primeras damas” que cortan cintas en inauguraciones sin conciencia política del proyecto del que participan, así sea formalmente. Tal vez por eso, sus alejamientos hayan tenido origen en las relaciones privadas con sus esposos-presidentes, antes que en desavenencias políticas.

El siglo XXI cambió esa ficha. Las primeras damas son las aliadas íntimas de un esquema de poder compartido, más allá de los formalismos circunstanciales. Unos y otras llegan al poder juntos, a la par. Visto en clave feminista, toda una igualación social, una revolución de género. En términos estrictamente políticos, una nueva ingeniera desde la cual pensar roles, soportes y proyecciones políticas de largo plazo. En el Perú, Nadine Heredia viene siendo la voz de un gobierno parco en la comunicación, con muchos técnicos y pocos políticos en su gabinete. Sin un cargo de gestión, se puede mover cómoda en mítines, actos de inauguración y declaraciones en su cuenta de Twitter que le costaría sostener si tuviera un cargo público. Pero no es sólo una vocera informal: es la segunda del Partido Nacionalista Peruano y acompaña a ministros en recorridas al territorio, donde queda claro quién es el jefe de quién. Es una de las pocas que participa de la mesa chica que toma las decisiones fundamentales del gobierno. Sin embargo, en una situación un tanto difícil de explicar desde la mirada argentina, todos estos ingredientes no la convirtieron en un tele objetivo de los medios de comunicación. Por el contrario, al menos hasta ahora, los altos índices de popularidad (superiores incluso a los del propio Ollanta) conviven con un trato generoso del periodismo. Mario Vargas Llosa cree que está haciendo un “papel excelente” y su hijo Álvaro se declaró “fan”. Esa situación de gracia parece responder a ese momento inaugural del que también se alimentó el kirchnerismo temprano: la reconstitución del poder presidencial, y cierto equilibro interno del gobierno que todavía no rompe amarras con ningún interés terrenal, lo que abre el apoyo desde las veredas más insospechadas. En ese escenario se cuela la carrera política de Nadine. Una carrera que tiene un vuelo propio, que eventualmente mostrará sus costados más personales, y a la vez atada a una sociedad política que hoy, circunstancialmente, la tiene en un segundo puesto. Por ahora.

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Gobernar sin paradigma

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La llegada de distintas expresiones de izquierda a los gobiernos de América del Sur es ya un dato viejo. También lo es la constatación de que ese arribo fue mucho más que una primavera electoral de coyuntura: Chávez ganó en un lejano 1998, pero Ollanta Humala lo hizo el año pasado. Mucho se escribió y se dijo sobre las similitudes y diferencias entre cada uno de los procesos nacionales y, dependiendo del enunciador, algunos buscaron crear etiquetas de “socialdemócratas ordenados” versus “populistas irresponsables”, mientras que otros optaron por poner todo bajo el manto de lo nacional-popular. Manto que así como explica, también puede eclipsar una compresión más sutil de lo que sucede dentro de cada frontera. Las caracterizaciones seguirán discurriendo y es inevitable preguntarse –aún más en un proceso donde la palabra “integración regional” resuena tan fuerte- por las semejanzas y diferencias en los liderazgos, los partidos y los movimientos que sostienen estas experiencias políticas. Pero es mucho menos común interrogarse por los condicionamientos generales, aquí sí inocultablemente similares, que enfrentan todos los gobiernos sudamericanos que tienen una vacación distributiva y reparadora del tejido social.

Es cierto que están los condicionamientos económicos mundiales. La región mantiene claros signos de ser dependiente de muchas cosas que, o no produce o no tiene los recursos suficientes para producir y desarrollar. La discusión sobre el desarrollo de la minería, por ejemplo, tiene ese trasfondo. Dejando de lado los atendibles cuestionamientos de índole ambiental, existe un interrogante sobre cuánto pueden apropiarse las sociedades locales de recursos que, sí o sí necesitan de flujos de inversión privada extranjera. Por otro lado, están los condicionamientos del mercado de materias primas, donde nuestros países están aprovechando un momento impensado donde el precio de los productos con escaso valor agregado inclina la balanza frente a los productos industriales. El condicionamiento aquí no es coyuntural (al contrario, habilitó un oxígeno de divisas para las economías sudamericanas) sino estructural, ya que se trata de una dinámica que la región no controla. Decisiones tomadas a demasiados kilómetros de distancia (como un freno en el consumo de China y un desarrollo tecnológico en el primer mundo que remplace el petróleo) pueden en poco tiempo alterar ese mapa hoy muy propicio.

Pero existe un condicionamiento más, del que se habla poco. Los gobiernos que asumieron con un mandato social y democrático muy claro carecen al mismo tiempo de brújulas teóricas, de senderos filosóficos por donde encuadrar y pensar su propia experiencia. Esta crisis de pensamiento (que por fuerza de la marginalidad política, estaba en boca de todos durante los noventa) no ha desaparecido por arte de magia. Las grandes lecturas del pasado siguen tan derrotadas luego de la caída del socialismo europeo como lo estaban en 1989. Se puede argumentar que de eso escapan las experiencias más claramente nacional-populares, que orbitan por fuera del marco de interpretación marxista. Pero no es tan así. Miremos el problema en el nivel concreto: ¿Cuál es el lugar que debe ocupar el Estado en la economía, en el orden social, de aquí en más? Uno muy importante, se dirá desde las tribunas compañeras. Bien, pero ¿qué significa exactamente eso? ¿Son las políticas de estatizaciones masivas una respuesta final a esa pregunta? ¿El Estado regulador es la respuesta? ¿Y cómo se regula la madeja de negocios privados que necesariamente viven en una economía de mercado? ¿Pueden las cooperativas remplazar a las corporaciones? Para complicarlo más: ¿Quiénes serían hoy, en este proceso nacional y regional de cambio, los actores centrales, los aliados estratégicos, los aliados tácticos, los enemigos circunstanciales y los definitivos? Es difícil ponerle nombre a esas cosas y el escenario de disputa aparece mucho más móvil y escurridizo que el que tenía en la cabeza un militante o un funcionario de un gobierno popular hace 30 o 50 años. Los tiempos políticos o, más precisamente, los tiempos de la gestión, suelen llevarse mal con las grandes dudas existenciales. Es lógico. El déficit, en todo caso, hay que buscarlo en otro lado. Las fuerzas políticas que sostienen estos gobiernos tampoco parecen muy decididas a encarar estas preguntas, que no son de laboratorio ni de seminario de ciencias políticas, sino que surgen de las disyuntivas concretas que los procesos van encontrando en el camino. Los interrogantes, además, son producto del éxito: ya no se gobiernan sociedades miserables, sino pobres. Probablemente América latina deje de ser en breve el continente más desigual del mundo, pero está lejos de ser equitativo. La pregunta es por el “pos” pos neoliberalismo. ¿Hay alguien ahí?

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Mañana, rock tanguero etílico

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Al borde del andén

No nos corramos todavía del foco. Poco tiempo y mucha gente que murió hacen necesario que todavía nos detengamos ahí, al borde del andén. Gente que no debía morir. Ni siquiera existe esta vez el elemento de cierta co-responsabilidad como en Cromañon, donde la chispa del fuego corrió por parte de las propias víctimas. Los 51 eran personas que  aguantaban un viaje cotidiano molesto, peligroso, incierto. Gente que, una vez abajo del tren, la estaba pasando mejor. Que seguramente había hecho unas merecidas vacaciones este año o, al menos, ahora podía soñar con eso. Decir que “eran nuestros”, como se leyó por ahí, es una pelotudez y una falta de respeto. Eran, sí, parte de este momento, eran parte de la razón por la que muchos hacen política. Eran, al fin de cuentas, eso que los sociólogos llaman “sujeto”. Si eso existe, los 51 eran parte, sin dudas. Habría entonces que invertir las declaraciones oficiales, cuando se aclaró torpemente que la magnitud del accidente fue porque en los trenes viaja mucha gente desde que se recuperó el trabajo. No, no, perá. Una conquista no habilita una desgracia. Al revés,  hace a la desgracia más dolora. Porque se murieron esperanzas. Gente que, probablemente, el “modelo” había ayudado. Algo, mucho, poco, no importa. Lo incompleto de ese mismo “modelo” tuvo que ver en sus muertes. Tampoco, todavía, podemos saber cuanto, pero la inexistencia de cambios profundos en el sistema de concesiones entrado el tercer mandato, ya dice algo. Pero volviendo al andén, al foco del crimen, hay ahí, inevitablemente, una necesidad de venganza, en el mejor sentido que puede entenderse. Un “precio” que se debe pagar, más allá de las justicia que tenga o no. 51 muertes merecen una venganza simbólica, que nuestro sistema republicano permite que sea incruento, con derechos humanos y seguridad jurídica. Tal vez no sea justo, tal vez pague por un accidente un excelente funcionario. Y bueno, menos justo es tomarse un tren y terminar abajo de una tonelada de fierros. No es el fondo de la cuestión ni mucho menos, pero hace a cierta humanidad, políticamente necesaria. Frente al sujeto-víctima la política debe mostrarse, hoy, débil, golpeada, chiquita. Y la imagen de fortaleza reservarla para la reunión con TBA.  Salgamos del andén.

Cuando se dice que “una demanda cumplida genera una demanda nueva”, no siempre se tiene en cuenta que, aunque es así, las formas en que se opera esa dialéctica, son raras. Si en este caso la demanda cumplida era tener laburo, una forma de viajar barata (aunque me juego que la mayoría de los usuarios pagaría más por un mejor servicio. Y también esto:  la sintonía fina podría incorporar estrategias para que sean los jefes de esos usuarios-laburantes los que paguen un tren decente para su mano de obra), la demanda nueva no vino en forma de protesta organizada, sino de masa comprimida y accidentada adentro de vagones. Ahí está la demanda. Más contundente imposible. Ahora no hay vuelta atrás, nos “pusieron una agenda”, y sí. El “sujeto” corrió por izquierda, por puro esfuerzo diario de bancarse viajar en condiciones que terminaron siendo mortales.

Una cosa importante, para no perder el eje, en estos días calientes: seguimos estando en una situación populista. Ella y el pueblo. El proyecto y los votantes. El resto no existe, son irrelevantes. Por eso hay que hacerse cargo, porque no hay otros. Por eso es una preocupación legítima preguntarse por los tiempos y silencios de Cristina. Porque ahí está todo. Y ahí está todo, porque así lo decidió la gente hace muy poco. Así es la democracia modelo 2012. No es, como sueñan ilusamente trotskistas de derecha y de izquierda, que “esto abre una nueva situación política”. Las bolas. Esto refuerza la necesidad de una respuesta en términos kirchneristas puros (como, en definitiva, ellos mismos piden). Y si no se hace, si algo en el camino se extravía, si por alguna razón extraña el silencio y la inacción se apoderan de los despachos oficiales, vamos a ser incoherentes con el mandato popular, y ahí sí, tal vez se abra “una nueva situación política”.  Confiamos, esperamos, pedimos que así sea. Unido a esto, una nota al margen. Cuando nos y se preguntan por qué cornos todavía este proceso tiene la vitalidad política que tiene, vean lo que pasó estos días. Vean las fisuras, los reclamos desde adentro, las puteadas de los supuestos hiperrecontra k, lo lejos que se estuvo del modelo “goebbels” para cubrir y debatir lo que pasó en los medios oficiales. Ni que hablar de lo que pasó en los  medios menos orgánicos como los blogs, twitter, etc. Acá se debate, no se banca cualquier cosa, y se putea cuando es necesario. No es momento de festejos (ahí estuvo la mejor actitud presidencial hasta ahora, declarando el duelo nacional y levantando el carnaval “federal, popular y latinoamericano”, un toque sobregirando la alegría veraniega me parece…) sino de responder con audacia, imaginación, fortaleza. Necesitamos kirchnerismo. Lo pedimos los kirchneristas.

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Amalita

Viven batiendo el parche sobre la supuesta hegemonía cultural que el kirchnerismo habría logrado. Si hasta de este lado empezamos a creer eso, después que Sarlo lo sentenciara en La Nación, elogiando la productividad política y cultural del candombe “nunca menos”, hace ya un buen tiempo atrás. Después Cristina gana una elección por goleada, histórica por lo abultada, pero más que nada por lograr recuperar y ampliar la base de sustentación política después de la travesía de la 125. Y la dirigencia opositora no da visos de salir de su estado de coma profundo, y el conjunto de “problemas” actuales (el lugar de los sindicatos, la producción minera, el enfrentamiento de la crisis mundial, la reorganización de los subsidios, etc.) solo los discute el kirchnerismo a partir de matices, intereses o visiones distintas. Afuera, sólo frío. Pero de pronto de muere Amalita Fortabat. Y deja desnuda una verdad evidente, pero que viene bien refrescar. Salvo las “usinas goebbelianas”, toda la prensa y los medios de comunicación en general se alinearon en la construcción de una imagen de Amalita de fantasía, aunque perfectamente funcional para la simbología de “los dueños de la argentina”. Los que se rasgan las vestiduras con la construcción del “mito de Kirchner”, no se los ve muy indignados ni locuaces para condenar por ridículas las necrológicas que ponen como eje central de la vida de la empresaria su carácter “benefactor”. ¿Cuánta gente, cuantos ciudadanos argentinos, van a quedarse con esa imagen, la de una rica señora anciana a la que le gustaba el arte y le daba cosas a los pobres? Desde las notas escritas y firmadas de ayer y hoy en los diarios, hasta las notas de movileros con escasos recursos de oratoria, todos comparten un guion patético, donde Amalita fue una “visionaria”, “emprendedora que levantó una empresa y la convirtió en una de las más grandes de Latinoamérica”, etc. Es cierto que en algunas (algunas) crónicas es nombrada la venta de la empresa a capitales brasileños, y algunas van más allá y hasta se animan a decir que se vio beneficiada por contratos con el Estado y el manejo del precio del cemento, mediante el control de más de la mitad de la producción nacional (en poquísimas se menciona el hecho evidente del calendario: 1976 fue el año en que ella asumió en Loma Negra y comenzó el despegue de la empresa. 1976, ajá.). Nadie saca las conclusiones obvias y necesarias: Fortabat es el emblema de una burguesía (casi una concesión, está mas cerca de ser una oligarquía) ramplona, de mirada corta, donde “industria” no supera la idea de ladrillo, desangelada en términos políticos. Su apuesta más orgánica y menos traicionera con la política fue durante el terrorismo de Estado, después siempre se sintió más cómoda “presionando”, nunca poniendo.  Que las últimas posesiones (en los diarios escriben “pasiones”) hayan sido sus campos y sus cuadros habla de un retorno a los orígenes, para pastar en paz los últimos años de vida. Ningún emporio, ninguna vocación dirigencial, menos que menos la intención de construir un país. Nada de eso, 1.000 millones de dólares en el bolsillo, líquidos, para comprar cuadros y mantener 50 estancias en la pampa. Después nos indignamos con las dietas de los diputados. Esto es despilfarro. Los hermosos cuadros de Amalita comprados con el cemento para hacer la cancha de River, construida para el Mundial del 78, organizado por el asesino serial y reporteado de la semana: “tuvimos la suerte de organizar el Mundial de Fútbol que, además, para congratularnos más, Argentina ganó”. No, pero el corrupto es un diputado que cobra 30 mil pesos. ¿Qué pensás Vicky Donda? Al menos, el trotskismo tiene una explicación causal para esto.  Está bien, no existe clase dominante que no esté manchada de sangre. De eso se trata. Lo que es muy impactante, y necesario tener en cuenta, es que, Ley de Medios mediante, politización de la sociedad, y ebullición de los debates ideológicos y la mar en coche, la hegemonía cultural sigue estando en el mismo lugar, con los mismos dueños. Decime que decís de Amalita y te diré quién eres.

 

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