Archivo mensual: abril 2012

España: the dream is over

Publicado en el Ni a Palos.

Corría el año 1991. En la ciudad de Guadalajara sesionaba por primera vez la Cumbre Iberoamericana, que reunía a los jefes de Estado de los países latinoamericanos que habían sido colonias españolas y portuguesas y las respectivas madres patrias. España estaba ya en pleno proceso de europeización, saliendo de pobre, saboreando las mieles del primer mundo. Nuestra región vivía los comienzos de las políticas de ajuste, bajo la hegemonía cultural de eso que sería repetido como síntesis explicativa de muchas -tal vez demasiadas- cosas: neoliberalismo. La declaración final de esa cumbre marcaba el rumbo: “Estamos comprometidos en un proceso de profundo reajuste de nuestras economías con el objeto de lograr con eficiencia la recuperación y el crecimiento. Nuestros países han hecho avances significativos en sus procesos de modernización por medio de la reforma del Estado y de la liberalización económica. Tales procesos han entrañado sacrificios que deben cesar para que sea posible establecer una verdadera justicia social.” Descollaban en esas cumbres Felipe González y el rey Juan Carlos. Democráticos, moderados, progresistas. El primero todavía no se había convertido en un lobbysta descarado de intereses empresarios, aunque iba cimentando ese camino con ahínco, torciendo el rumbo histórico de su partido. El segundo se presentaba como el puente de plata de la transición del franquismo a la democracia y desde ese púlpito traía ondas de amor y paz a un continente que había pasado hacía muy pocos años por un proceso similar. Se cumplían, además, 500 años del desembarco de Colón en América. León Gieco cantaba que habían sido “cinco siglos igual”, una injusticia histórica pero que se llevaba bien con un momento donde todo parecía igual, eterno, inmodificable. El fin de la historia y todo eso.Había, además, un desembarco económico. En cuestión de pocos años, España pasó a competir cabeza a cabeza con Estados Unidos el primer lugar en las inversiones para América Latina. Repsol sería la frutillita del postre: bancos, teléfonos, aviones, infraestructura, venían al galope de una España pujante que, además, iba recibiendo a una parte de la población sobrante local que quedaba sin trabajo por la misma lógica económica que abría las puertas a las empresas ibéricas. El 24 de abril del año 2000 el diario El País canchereaba: “La segunda conquista de América”.Pero los procesos históricos no son ni eternos ni inmodificables. Pocos años después ese empuje inversor comenzó a mostrar sus límites. España no es, al fin de cuentas, una potencia económica, menos que menos un Imperio, sino un espacio geográfico incluido en el experimento de la Unión Europea que durante un tiempo vivió -no menos fantasiosamente que nuestros países- un boom económico prestado. Pero, como suele pasar, es fácil acostumbrarse al éxito, así sea pasajero, y muy complicado ser consciente de que se está cuesta abajo. Así, durante la Cumbre Iberoamericana de 2007, el desbarajuste entre la escenificación de la “segunda conquista” y la nueva realidad del continente se volvió patente. La corte del rey Juan Carlos ya no era Menem, Fujimori o Cardoso. Lula, Kirchner y Chávez venían, dos años atrás, de cerrar filas para que el Alca no se firmara. La relación de fuerzas había cambiado mucho. Pero el rey no se dio cuenta. Y mandó la célebre “¿Por qué no te callas?” Él, el monarca hereditario, silenciando a un presidente de una República, votado por ciudadanos libres.La comedia española de estos días por la decisión argentina de recuperar YPF marca que ese proceso de aceptación de la realidad todavía está en veremos. La sobreactuación de declaraciones tremendistas, de amenazas irrealizables, de caracterizaciones injuriosas, no es propia de quien tiene fe en sus propias fuerzas. Todo lo contrario. Pero en España parece, además, estar pasando otra cosa. Una crisis que ya no es solo económica, y cada vez se muestra como sistémica: derrumbe de la actividad económica, del empleo, retroceso de las conquistas sociales, pero también deslegitimidad de la clase dirigente, mimetización de los programas de los partidos políticos mayoritarios, limitados a pensar dentro del estrecho margen de un status quo que cada día beneficia a menos sectores. En el medio de ese panorama, otro símbolo aparece arrastrado por el tsunami: el rey sale a cazar elefantes al África, vuelve herido a la patria y debe pedir disculpas a sus súbditos que están sin trabajo (el diario monárquico ABC constata que son sinceras, por medio de un estudio gestual, posta). Como si fuera poco, lo acusan de tráfico de influencia en favor de su yerno y con el BBVA en medio. Algo se está rompiendo en la península. Algo, inevitablemente, va a cambiar. Desde acá, con humildad, lo único que pedimos es que no nos echen la culpa.

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Mas claro, echale nafta

Va a llevar un tiempo dimensionar lo de YPF. El Estado recupera la empresa más grande de la Argentina. Recupera el control sobre una masa de recursos que abre la puerta a un nuevo momento de la política  económica, porque permite manejar variables de inversión, precios (no sólo del petróleo, sino de una cantidad enorme de producciones que lo rodean), decisiones de desarrollo en localidades dispersas en todo el país, intercambio comercial con otros países sobre una producción sensible y estratégica, etc. Incluso, se sumaría el control sobre la empresa que comercializa el gas en garrafa, haciendo posible un plan de subsidios a ese bien para la población que no tiene gas de red. El cambio es enorme. El desafío, los riesgos, las oportunidades, también. Lo que no hay que perder de vista es que todos esos interrogantes y posibilidades se abrieron por la decisión política de recuperar la empresa. Lo que hay que defender, más si vienen días complicados, es ésa decisión, más allá de los avatares en los surtidores. Esa es la diferencia con los apoyos relativos: no es el éxito circunstancial lo que hay que bancar, sino la dirección, el rumbo político.

Se cierra un ciclo de preguntas sobre el kircherismo (ese latiguillo tan de los blogs “el kirchnerismo es…” para después intentar con ingenio nombrar y renombrar a la experiencia). El rol del Estado es el centro de la escena. Listo. El poder político y los recursos. La guita y su distribución social. El Estado como mediación para eso. El poder económico como el enemigo íntimo con el que se baila, se va a las manos, se vence, se negocia. Lo que sea. Pero con la certeza de que ese es el otro. Por eso, más allá de sus limitaciones exasperantes (quisiéramos, de veras, que fuera mejor) Macri sobrevive a los intentos más esporádicos del resto de la oposición. Porque es el único que es, verdaderamente, el otro. Testimonial y hasta inofensivo por ahora, pero latente y atrincherado en la convicción de que ese ring de disputa entre Estado y mercado está mal diseñado, que esa pelea es inútil porque no debería haber uno y otro sino un mismo poder tirando para el mismo lado. Macri cree, un su aniñada intuición, verdaderamente en eso. Y el kirchnerismo, todo lo contrario. El resto. ¿Qué pensará el resto? ¿Quién puede querer ser presidente si no puede responderse esa pregunta? Hay ring o no hay ring. Entonces, no hay ya nada más viejo que el sentido común que recorre al resto de la clase política: “es una medida correcta pero en manos de este gobierno…”. Una, dos, tres, cien veces lo mismo. Ya queda mal en el blog de Caparrós en El País argumentar de esa forma, ni hablar si se tienen pretensiones de poder institucional. La impresión es que a la camada actual de dirigentes opositores cada vez les queda más grande el hipotético manejo de un Estado que tiene sobre sus espaldas la cobertura provisional del 90% de las personas con edad jubilatoria y el control de la empresa más grande del país. “mucho quilombo” es un razonamiento lógico para un tipo de político que creyó que su lugar era el refugio de valores abstractos. Pero lo que vino fue la necesidad de rehacer un país. Roquismo, yrigoyenismo, peronismo, menemismo, kirchnerismo. Hay modelos ideológicos para elegir en la historia argentina para todos los gustos, pero no casualmente los políticos progre-centro-radical-pro siguen prefiriendo experiencias fallidas, accidentales, inocuas, olvidables, como el gobierno de Frondizi. De inventar para delante, menos que menos.

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El ciclo se cierra en un momento de épica que difícilmente se iguale. Es un momento de crisis -en sentido literal- de cambio, de ruptura. Cualquier estatización será inexorablemente menor (que técnicamente sea una expropiación y se mantenga la figura de sociedad anónima, no cambia las cosas), cualquier reclamo “por lo que falta”, será también un tranco chico (siempre que no trampeemos con cosas como “la felicidad del pueblo”). Rompamos el listado de pedidos, la mayoría son adornos al lado de lo de YPF. O no lo rompamos, pero sepamos que ninguno desafía ya el margen de lo posible. “Si se pudo recuperar YPF como no….” puede ser una muletilla de propios y extraños de acá en más. Y está bueno.

Hay un ciclo que se abre, también. Que muy lejos está de ser la gris administración conservadora de lo que ya está, como algunos imaginaban. (En verdad, los que imaginan eso, es porque imaginan el fin del kirchnerismo). Pero que tiene tanto de político como de técnico. La crítica esquizofrénica a la Cámpora: hordas sin títulos secundarios y profesionales de alta alcurnia. ¿Los dos a la vez? Podría ser, pero el discurso para un estigma se anula si se opta por el otro. Y entonces se quedan sin discurso. Y aparece Kicillof “embistiendo” en el Congreso. Embiste, altanero. Se nota mucho lo evidente: mucha distancia con el resto, un promedio político desastroso, que solo puede articular chicanas que ya ni tienen el efecto que se espera de las chicanas. El vice ministro les tira por la cabeza el 2001. Es generacional porque en esa vehemencia están las convicciones que un par de generaciones de políticos perdió. No se trata de elogios personales. La cuestión de los años pesa. Los diputados y senadores, en su gran mayoría arrollados por la triple debacle radical-menemista-radical contemporánea a sus carreras, tienen por lógica, un tanto abolladas sus creencias más salvajes y primarias (esas que son, al fin de cuentas, las únicas que importan). En la formas y en el fondo, el discurso del vice ministro tiene mucho de 2001. Tiene bronca, tiene desprecio por el status quo, tiene, además, una sabiduría inigualable, que solo se puede aprender en una crisis: que el poder no es tan poderoso. Que al final, las estanterías son todas provisorias, que los escenarios institucionales son eso: escenarios. Que el poder está en otro lado. Que juntando voluntades, se puede hacer un lindo zafarrancho.

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Pero ese ciclo no es sólo el protagonismo de un puñado de gente joven. El cambio es el cambio de escala. Es pensar los problemas de un país con consumo de Asignación Universal por Hijo y casi pleno empleo, los problemas educativos con alumnos con computadoras personales, los problemas energéticos de un país dueño de su petróleo. Tampoco es el famoso “largo plazo”. Porque no hay proyecto político que se precie de tal que no sea, en términos prácticos, cortoplacista. Por una cuestión puramente democrática: se puede perder en cuatro años. Pero sí hay un cambio de escala. Si el Estado fue y es el centro del proyecto político kirchnerista, la preocupación sobre la burocracia de ese Estado ampliado, enriquecido, más complejo, más ramificado, etc, se vuelve, también, algo central. ¿Cómo conducir al monstruo? Es un problema político, ideológico. Ahora que hay Estado, hay que cambiar al Estado. ¿Cuál es la síntesis de política y burocracia? ¿Cuál es la inercia que se arrastra de las viejas capas estatales que entraron durante la fase de la debacle estatal? ¿A quién se llama? ¿A quién se deja afuera? Había una vez un ruso que escribió…mmmm, no, no. Mejor inventemos un poco.

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Moda y pueblo

Publicado en el Ni a Palos

Hay una moda en los gobiernos sudamericanos: las sociedades políticas mixtas. Cristina y Néstor, Dilma y Lula y, ahora, Nadine y Ollanta. La esposa del presidente peruano tiene todos los condimentos para que se empiece a hablar de ella como una figura política con luz propia. Es carismática, excelente comunicadora, dosis calculadas de trasgresión y verticalidad, mucha presencia en las redes sociales. Los medios peruanos ya están empalagosos con los análisis donde emparentan a la pareja presidencial con el modelo sucesorio del kirchnerismo: un mandato vos, otro yo. En el país andino esto se vuelve, además, una necesidad para la continuidad del humalismo porque la constitución prohíbe la relección inmediata (el presidente en ejercicio tiene que dejar pasar un período para volverse a postular). Aun así, una hipotética candidatura de Nadine tendría que sortear un artículo del código electoral que impide a los familiares directos del presidente candidatearse. No es ningún resorte para evitar “desviaciones populistas” hecho por alguna pluma liberal, sino producto del desamor marital: fue Fujimori el que impulsó el cambio de ley para que su entonces esposa, Susana Higuchi, no pueda ser candidata por…la oposición.  A mediados de los noventa Susana pateleó por los medios, pero la ley siguió su curso y, además, Fujimori la remplazó en el puesto de primera dama por su hija, Keiko, que fue la que finalmente tuvo un rol político en las últimas elecciones, donde perdió en la segunda vuelta con Humala. Una variante más politizada –pero muy similar en los roles- a la novela de enredos de la familia Menem-Yoma por aquellos mismos años.

El manoseado tema del “rol de la mujer en la política” puede pensarse desde este ángulo: en los noventa las mujeres presidenciales ya no se bancaban el silencio decorativo, aunque tampoco pudieron lograr ser socias del poder. Eran las “mujeres de” pero el viento de fronda ya estaba ahí. La modernización globalizadora que era bandera de esos gobiernos noventistas lo invadió todo, y entró también en las vidas privadas de las parejas presidenciales con el toque de época que incluía el escándalo mediático pero también una nueva legitimidad, que permitía un lugar propio, una voz, un derecho a ir por más. Pero las zulemas y las susanas arrastraban algo de lo viejo, algo del antiguo rol aristocrático de las “primeras damas” que cortan cintas en inauguraciones sin conciencia política del proyecto del que participan, así sea formalmente. Tal vez por eso, sus alejamientos hayan tenido origen en las relaciones privadas con sus esposos-presidentes, antes que en desavenencias políticas.

El siglo XXI cambió esa ficha. Las primeras damas son las aliadas íntimas de un esquema de poder compartido, más allá de los formalismos circunstanciales. Unos y otras llegan al poder juntos, a la par. Visto en clave feminista, toda una igualación social, una revolución de género. En términos estrictamente políticos, una nueva ingeniera desde la cual pensar roles, soportes y proyecciones políticas de largo plazo. En el Perú, Nadine Heredia viene siendo la voz de un gobierno parco en la comunicación, con muchos técnicos y pocos políticos en su gabinete. Sin un cargo de gestión, se puede mover cómoda en mítines, actos de inauguración y declaraciones en su cuenta de Twitter que le costaría sostener si tuviera un cargo público. Pero no es sólo una vocera informal: es la segunda del Partido Nacionalista Peruano y acompaña a ministros en recorridas al territorio, donde queda claro quién es el jefe de quién. Es una de las pocas que participa de la mesa chica que toma las decisiones fundamentales del gobierno. Sin embargo, en una situación un tanto difícil de explicar desde la mirada argentina, todos estos ingredientes no la convirtieron en un tele objetivo de los medios de comunicación. Por el contrario, al menos hasta ahora, los altos índices de popularidad (superiores incluso a los del propio Ollanta) conviven con un trato generoso del periodismo. Mario Vargas Llosa cree que está haciendo un “papel excelente” y su hijo Álvaro se declaró “fan”. Esa situación de gracia parece responder a ese momento inaugural del que también se alimentó el kirchnerismo temprano: la reconstitución del poder presidencial, y cierto equilibro interno del gobierno que todavía no rompe amarras con ningún interés terrenal, lo que abre el apoyo desde las veredas más insospechadas. En ese escenario se cuela la carrera política de Nadine. Una carrera que tiene un vuelo propio, que eventualmente mostrará sus costados más personales, y a la vez atada a una sociedad política que hoy, circunstancialmente, la tiene en un segundo puesto. Por ahora.

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