Archivo mensual: noviembre 2011

¿El sabor del encuentro?

Habrá que ver, pero algunas líneas que se dibujan en el horizonte dan esperanzas para los que creemos que es una locura una escalada sin freno entre los gremios y el gobierno nacional.  Plaini , el mejor de los voceros del moyanismo,  estuvo de ronda en los medios. El discurso acusa el golpe recibido por las palabras de Cristina de las últimas semanas y más que nada el baldazo de agua fría por el descarte de un impulso legislativo a la ley de reparto de ganancias. Además del consabido apoyo al modelo, a la conducción de Cristina, a la pertenencia al  “proyecto”, lo más interesante de las declaraciones de Plaini es que aparece el reconocimiento de las distintas naturalezas de un actor y otro: “el gobierno representa a los 40 millones de argentinos, nosotros representamos a nuestros trabajadores”. Una verdad evidente, si se quiere, pero que dicha por boca de un dirigente sindical deja en claro algunas cuestiones centrales. Por un lado, la advertencia de las distintas magnitudes  en la representación política, y por ende, aunque no se diga, en los grados de legitimidad de unos y otros. No es ya solamente un debate al interior del “movimiento nacional y popular”, sino, más importante, una lectura de las elecciones presidenciales. Eso le faltaba a la CGT: poner sobre la mesa la inevitable realidad de que el escenario político se cerró alrededor de Cristina por prepotencia de las urnas. Se verá como sigue la película, todo lo sólido se desvanece en el aire y demás, pero hoy esto es un hecho y resulta (ba) un problema político en sí mismo que la conducción de la central obrera actuara y declarara como si las elecciones no hubieran existido. Que los sindicatos hayan tenido un papel marginal en ese proceso  -sin dejar de anotar que sí lo tuvieron en tantos otros momentos desde el 2003- habla de una debilidad relativa que debía pasar por escribanía. Pero también el reconocimiento de poseer una representación limitada a un sector de los trabajadores (hay que anotar que, si bien importante, minoritario en el universo de la fuerza laboral argentina. Algo en que la CGT como institución tiene responsabilidad histórica por haber decidido no ampliar su representación a los trabajadores que se quedaron sin empleo, o con empleo no registrado) les permite delimitar un margen de maniobra, un nivel de acción diferenciado del gobierno. Somos este ladrillo de la pared: si lo sacás se cae la pared, pero no somos ni el cemento que unifica todo, ni el albañil que la construye. O sea, desde ese lugar de representación (de) limitada, pero a la vez con la fuerza de ser la mayor organización real y concreta de eso que se suele llamar “pueblo”, desde ese lugar, se vuelve válido construir una posición de autonomía parcial respecto al ejecutivo.

Desde el gobierno, hay señales que permiten pensar que la sangre no va a llegar al río: los cantos de sirena para poner otro secretario general no superan el rumor, la apelación constante a que no se es “neutral” (dicho frente a los empresarios, nada menos) fija también un lugar ideológico y práctico sobre la disputa por el reparto entre capital y trabajo por parte del gobierno. También la elección desde donde fijar los límites de la cancha.  Aerolíneas Argentinas, una empresa estatal de impacto mediático, alta apuesta política por ser el espacio de gestión más relevante que Cristina le dio a la juventud, pero también un lugar donde se llega al paroxismo la representación sindical de trabajadores que calzan perfumes importados. Hay también, ahí, una lectura que hacer. No se eligió “cortar por lo más delgado”, todo lo contrario. No hay, hasta ahora, signos reales de una política económica contractiva, ni de congelamiento salarial (las paritarias siguen siendo parte de lo que el gobierno defiende, y a lo sumo puede esperarse un intento por bajar el porcentaje de aumentos). El gobierno marca con insistencia la desigualdad de ingresos y derechos de los trabajadores. Eso, que es parte de los argumentos para pedir mesura a los sindicatos, también es una auto imposición para la gestión 2011/2015. Bajar la tasa del trabajo en negro y la tercerización empresaria son tareas estatales que devuelven el conflicto a su lugar: el gobierno como instrumento para ampliar derechos sociales.

El punto oscuro, como siempre son los “miedos”: hasta dónde irá el bisturí del gobierno, hasta donde tensarán los sindicatos en la defensa de su poder económico, hasta donde los dos siguen privilegiando la alianza “estratégica” por sobre la disputa “táctica”, etc.

El sabor del encuentro, una vez superada esta instancia de medición de fuerzas (o, mejor, de asumir los lugares reales de unos y otros que las elecciones dejaron a la vista), podría pasar por construir una “sintonía fina”  entre los intereses compartidos, volviendo la mirada hacia los sectores que la siguen levantando en pala y son, por portación de armamento, los más capaces de boicotear el proceso político y económico: bancos, exportadoras de cereales y aceites, empresas mineras, empresas energéticas, dueños de la tierra. La productividad política de tener una UIA “amiga”  va a ser medida por el margen de maniobra que gane el gobierno para imponerle condiciones (inversiones, tasas de rentabilidad, precios). Ahí también hay una “heterogeneidad de clase” donde una de las divisiones posibles es entre los agregadores de valor y los perceptores de renta. Está clara la intención de Cristina cerrar un acuerdo de mediano plazo con los primeros, en un contexto de turbulencia internacional y necesidad de dar un salto en el desarrollo industrial. Falta ver cómo se juega con los segundos. En la crisis internacional de 2008 el gobierno fue, con suerte dispar (retenciones y afjp), a disputar parte de esas rentas. ¿Hoy?

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Caso testigo

¿De qué va el conflicto con la CGT? Hay una cosa un poco obvia, y es que el 54% cerró, por ahora, el debate con la oposición política, y que esa clausura, sumada a la situación de no reelección de Cristina, hacen que las disputas centrales sean al interior del oficialismo. Lo que no era del todo previsible es que el primer resorte en saltar tenga que ver con el sindicalismo. O sí. Con la situación ya sobre la mesa es fácil encontrar el hilo de la historia. El intercambio sobre si ya hubo o no “un presidente trabajador” en el acto de River del año pasado, el amague del paro nacional de Moyano en marzo de este año, la insistencia como madre de todas las batallas del aumento del no imponible. Se podría incluso remontar a los incidentes durante los traslados de Perón, en la prehistoria del 2006.

Más allá de esto, hay cosas en que todos estamos de acuerdo: el sindicalismo tiene la función de representar a sus afiliados y la actual dirección política de la CGT es parte del proyecto político que lidera Cristina. El punto es hasta donde el sindicalismo quiere ser también un actor político. Hasta qué punto puede, digamos. Hay un argumento concreto, favorito para muchos: los votos son de Cristina, si Moyano se presenta a elecciones saca menos que Carrió.  Ergo, su posibilidad de convertirse en un actor que dispute poder político tiene ese techo, más que bajo. Pero esa realidad podría hacerse extensiva a otros espacios, en verdad a casi todos, porque, efectivamente, los votos son de ella. Quedarnos en ese razonamiento, que no deja de tener su sentido para entender el marco general, significaría pensar en términos estrictamente electorales. Algo que pasa cada dos años, y en el medio, sabemos, en la Argentina pasa de todo. Todos hacen política, incluso (o sobre todo) los que no se presentan a elecciones: las corporaciones económicas, los medios de comunicación…y los sindicatos. Por otro lado, al menos por ahora, no tiene visos de razonabilidad pensar que la CGT está a las puertas de cantar “que pasa general que está lleno de gorilas el gobierno popular”. O sea, no hay una disputa por quien conduce el proceso, más allá de las remembranzas sobre la característica de “columna vertebral”  que supo tener el sindicalismo en el peronismo. (Nota: cuando no existía desocupación ni trabajo en negro, y era la UOM o no los camioneros los que controlaban la espina dorsal de esa columna). Hoy, todo, es más relativo.

Lo que sí parece preocupante es que la CGT tenga como único foco de conflicto su relación con el Estado. Ahí hay un problema. Sea Aerolíneas o la subida del mínimo no imponible, su corporativismo está en la cornisa de volverse anti estatal. La centralidad política del sindicalismo tenía (y debería seguir teniendo) al capital como su contraparte. Como dice la marchita… Ahora, si todo se agota en combatir al Estado, el perfil “político”, la “conciencia de clase”, o el programa de la Falda, queda un poco en una nebulosa discursiva sin correlato en los hechos. Esa puja totalizadora de otros tiempos, que le daba sentido a la centralidad que tenía la CGT, aparece amputada de sentido, y el sindicalismo termina convirtiéndose en los hechos una corporación más,  que el gobierno, lógicamente, va a buscar dominar, disciplinar y potencialmente, debilitar.

No digo que eso sea una realidad cristalizada, sino que es un peligro latente, cada vez más cerca.

El caso de Aerolíneas es un ejemplo de eso. Despejando el panorama de operaciones, protagonismos personales y quilombos cruzados varios, en lo concreto el desafío político pasa por recuperar para el estado una empresa que fue privatizada y vaciada. Enfrente están todos los que quieren que ese experimento fracase, tácticamente para cobrárselo a La Cámpora, estratégicamente para mostrar a la sociedad que lo público no sirve y que el estado sigue siendo el mismo minusválido de siempre. Es entendible que los sindicalistas de la empresa tomen la disputa táctica como el centro del asunto, pero no que lo haga la conducción de la CGT que al mismo tiempo tiene aspiraciones políticas. Lo mismo vale para el gobierno: confundir esos dos planos del conflicto supondría comenzar a enajenarse un actor imprescindible para seguir avanzando por el mismo camino de reconquista de derechos.

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November rain

Es como si todos hubiéramos quedado con la mochila recargada de lecturas simbólicas. De un año a esta parte vivimos una condensación un tanto inusual: una muerte que fue a la vez una presencia política descomunal, la visualización de los efectos sociales (y electorales) de las políticas de inclusión, la construcción de un imaginario kirchnerista más preciso, la incorporación de la juventud como un actor político, y como resultante, la conversión de la resistencia a la mayoría. Muchas cosas en poco tiempo. Todo eso fue empujado con tracción a sangre, con esa fuerza que da el miedo a la derrota. No por nada “Fuerza” fue el emblema la campaña…había ahí, debajo de las certezas y convicciones militantes y gubernamentales, un interrogante sobre el acompañamiento de una sociedad que de uno y otro lado se percibía como más disputada de lo que en verdad estaba. ¿Entonces, qué hacemos con toda esa espuma de símbolos creados para dar una pelea que se recontra ganó? Mantenerla como está con el argumento de para-que-cambiar-si-así-nos-fue-bien tiene su lógica, pero eso sería pensar que en el medio no cambió nada. Las sociedades son lectoras intuitivas y bestiales de eso que está en el aire, y un gobierno de mayoría contundente va a estar sometido a otros exámenes, a otras demandas. Forzando un poco el psicologismo de masas (?) se podría pensar que la sociedad al votar al gobierno, se liberó del kirchnerismo. “Hemos pagado”, o como dicen los carteles que se pegaron en los últimos días “el mejor homenaje es el apoyo de tu pueblo“, tómese el que caiga más simpático, pero es lo mismo: ahí hay una mutación que sería bueno registrar. Lo que empezó con la 125 terminó con el 54%. Pero hay una cosa más: también parece haber llegado a un final aquello de las “demandas acumuladas”. Desde la Corte Suprema, los juicios de derechos humanos hasta la asignación universal, todo ese recorrido podía encontrar un antecedente en años anteriores, en agendas sociales, en propuestas partidarias, en discursos voluntaristas, etc. Eso que  supieron hacer Néstor y Cristina de construir la agenda propia a partir de lo que otros quisieron y no pudieron, también parece haber llegado a un agotamiento. Por el éxito, claro. Y también por cierta pereza de los actores sociales y políticos: después del atropello por el ingreso ciudadano, que terminó en la AUH, el progresismo intelectual no k prefirió concentrarse en ataques no programáticos, en acusaciones de orden moral, en el espanto que les fue generando los dispositivos de comunicación oficial, pero abandonando cualquier intento de correr “por izquierda”, o así sea por cuestiones de gestión, lisa y llana. ¿Por donde van a venir las nuevas demandas? El moyanismo juega ahí un punto delicado: tensa la cuerda para reclamar una redistribución que es justa en términos de capital vs. trabajo, pero injusta hacia el interior del universo de laburantes. ¿Cómo se salda eso, cuando además, la representación de los trabajadores organizados, en blanco y con sueldos de 7000 pesos es infinitamente más orgánica que la de los que cobran la AUH, que tendrían mejor motivos para “ir por más”? A Cristina la votaron los dos. Y las posibilidades de éxito del proyecto político dependen de que esa conjunción no se rompa. Sacar a Moyano para que quede un gordo puede servir tácticamente, pero en el mediano y largo plazo sería un retroceso. Hay, ligado a eso, otro nivel de incógnita: aumentar el nivel de sindicalización, producto del blanqueo del trabajo, aumentaría el nivel de presión que los sindicatos puedan ejercer, pero a la vez podría ir limando el perfil cuasi elitista que fue adquiriendo la CGT, en la medida que entren los que hoy cobran la AUH, o están en negro.

Fue un año de política al palo pero, también, de baja intensidad en eso que constituyó al gobierno desde el comienzo: hubo pocas “sorpresas”, que en el paradigma k equivale a decir pocas políticas novedosas, poco pateo del tablero. Algo que no es preocupante porque ya aprendimos que el avance depende del conflicto, y no al revés. En ese sentido resulta extraño que “la opo y la corpo” se haya lanzado con tanto apresuramiento y decisión a empiojar la cancha con el dólar. ¿Qué quieren muchachos, más controles, más estatismo? Ok, pero después no se quejen. Las condiciones concretas, de ejercicio de las variables económicas que estén detrás de esto se me escapan, pero no parece que tenga mucha productividad ir a fondo en una estrategia “desestabilizadora” con un gobierno que ya se sabe cómo sale de los apuros y que, además, tiene algunos votitos donde apoyarse. Digo, de pronto, me parece.

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