Archivo mensual: septiembre 2011

¿Dónde la llevo, Eva?

La mejor película sobre el peronismo. Juan y Eva se enamoran, hacen el amor, y también se muestran un poco los dientes, se celan y dudan, en medio de una coyuntura que es, a al vez, el nudo gordiano de la historia política del siglo XX. Es una película que va justo con el momento: si no te hacés peronista, de mínima te baja la dosis de rechazo. Eva es una chica casi distraída, tranquilamente contenta con su prometedora carrera de actriz de radio, soñando con su gran papel en el cine. No está pensando en los pobres, ni hay en su mirada o en sus gestos ninguna de las durezas de mujer de Estado que después vendrían. ¿Vendrían, o es parte de la representación de las Evas anteriores que había dado el cine? Perón es un tipo grande, un cincuentón con una larga carrera militar, que parece más cómodo en camisa que con el traje militar, se deja seducir por Eva, mientras que no sabe bien como terminar su relación clandestina con una chica mendocina que tiene guardada en su departamento, también con sueños de actriz. Perón, ahí, es débil. Eva decide el futuro de ellos, acelera los pasos y se deshace de las posibles competidoras. Perón “deja hacer”, como un poco también lo hace en la política pre 17 de octubre. Gran logro histórico de la película: no hay una teleología peronista. No estaba escrita la revolución justicialista, y Perón es poco más que una vela que infla y rumbea el viento de una sociedad que todavía no había definido si cambiar o no cambiar. Perón, al que así lo podemos unir más a los perones de futuras épocas, quiere paz. El mundo, claro, no lo deja. Pero ahí está el tipo, un poco embobado con su nueva novia y tratando de hacer equilibrio entre sus amigos de la logia, las fuerzas armadas, los sindicatos y Braden. ¡Braden! En el filo perfecto de un cha cha cha y una actuación “seria”, el Braden de Casero es un tipo solo, sin mayores sutilezas, pero tampoco descortés, un tipo que quiere “arreglar”.  El Magnetto de 1945 comete, tal vez, el error de pedir demasiado en la entrevista mano a mano con Perón, le pide las empresas que tenían los países del eje, le pide que le ceda el espacio áereo para las compañías norteamericanas, a cambio del apoyo para la presidencia. Perón no se ofende, Perón ya es un león hervívoro. Ya sabemos: Braden termina al frente de la marcha de la Constitución y la Libertad y de fondo a la manifestación aparecen los carteles de la SRA, la UCR y el Partido Socialista. Las analogías con el presente vienen solas. Pero lo mejor es que la película no tiene que volverse didáctica, aburridamente “histórica”. La Eva Perón de Desanzo tenía la carga de la reivindicación del peronismo de izquierda, en medio de la resistencia de los noventa. La Eva de vanguardia, el Perón un poco facho y cagón. En esa película Eva nace dura y su destino estaba escrito, dando la sensación de que si no se cruzaba al Coronel en el Luna Park iba a terminar fundando alguna corriente del trotskismo y agitando obreros en las fábricas. En Juan y Eva las cosas podrían haber salido de muchas maneras diferentes, y el naciente peronismo no necesita ser muy explicado, sus aliados y enemigos se dan que cierta naturalidad, digamos, como fuerzas que van marcando un rumbo un poco más allá de los deseos de los actores involucrados. El peronismo es algo que nadie, en definitiva quiere, pero los intereses enfrentados terminan por producirlo. Perón es un tipo que está casi de vuelta de todo. El fantasma de su primera mujer fallecida lo acompaña, lo atormenta un poco. La coyuntura previa a su destitución lo tiene nervioso porque, en definitiva, no tiene un plan. No está pensando en la Plaza de Mayo con el subsuelo de la patria sublevado. Es, en definitiva, un tipo que acumuló mucho poder y que ve con preocupación que el piso se le está moviendo y no siente un gran respaldo en ninguno de sus todavía frágiles apoyos. Preferiría aterrizar lentamente, antes que provocar un accidente. Las escenas de ellos dos en el Tigre, semi refugiados, antes que lo vayan a detener termina de sellar el amor y el compañerismo, tan profundamente peronista: quiero creer que la foto que tengo colgada desde hace años de ellos, así, de recreo, achinando los ojos por el sol que les da de frente, un poco desprolijos, como de domingo, es de esos días. Seguramente no, y sea en algún descanso ya presidencial en San Vicente. No importa, ahí está todo, por algo es una imagen que el peronismo tuvo dos veces en su historia, en el 45 y en el 2010 también. Son dos, se convierten en uno. En el momento en que la película termina y todo está por empezar, Perón le hace la pregunta del título del post, la misma que le hizo la noche que se conocieron. Eva lo mira, no le responde, pero ya decidió.

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Estado de campaña

Planchadito todo ¿no? El shock del resultado pesa sobre todos, porque todos fueron, en algún punto, sorprendidos. Lo que inmoviliza a los opositores, más que los números, es la constatación de que su discurso y sus propuestas cayeron por un largo desfiladero del que difícilmente puedan ser rescatados. Política y campaña hubo y habrá, pero lo que no están pudiendo resolver es la derrota, ya no de los candidatos, sino de las ideas y posiciones sobre las cuales pensaban disputar el voto de la gente. Si las tapas de Clarín no voltean un gobierno, y desde hace tiempo hacen menos mella en la agenda política, el discurso de los dirigentes opositores (que se subordinaron de manera grosera a la estrategia mediática) corre la misma suerte: ya no produce efecto.

Ahora, ¿por qué? Se dice: ya no produce efecto porque el voto al gobierno fue de tal magnitud que saldó, de momento, la discusión política. Sin embargo, evidentemente, el problema existía antes de la elección. Lo único que pasó después del 14 de agosto (¡un mes!) fue la desazón de esa dirigencia al corroborar que algo se viene haciendo muy mal. Un dato no menor es que las oposiciones que son oficialismo en sus pagos chicos, el PRO y el FAP, tuvieron mejor sintonía, advirtieron algo de esto antes que los demás y por eso aparecen como las menos perdedoras del club. Su condición de gobierno, tal vez, les haya ayudado a percibir que el cóctel discursivo de anti corrupción, inseguridad, INDEC y algún otro tópico liviano no alcanzaba para cerrar el ciclo político kirchnerista. El PRO, refugiándose en su distrito, el FAP proponiendo hacia delante, diciendo “se puede hacer mejor”. Los dos, cuidándose de tener lecturas muy lineales respecto del oficialismo.

Más allá de los matices, todas las oposiciones se niegan a pensar el gran tema que instaló el gobierno, cada vez con más fuerza: el Estado. Pensemos: ¿No será ésa nomás la gran herencia kirchnerista? Ojalá. Es el mejor sueño, la mejor revolución posible. Tal vez, eso que nos cuesta nombrar, o que nombramos de tantas maneras (proyecto, modelo, “modelo”, nacional y popular y siguen las firmas) sea, sencilla y contundentemente, la creación de un Estado. ¿No es esa multiplicación del Estado lo que venimos respirando, lo que viene siendo visible en los últimos tiempos? ¿No es ésa la apuesta que puede ser mirada como estructural, como la política más coherente de estos ocho años?

La oposición no sabe qué hacer (es decir, no sabe qué haría si fuera votada) con el Estado robustecido por algunas políticas públicas. Ahí está la racionalidad escondida del voto de las PASO. Me incluyo entre quienes se confundieron en pensar con la lógica de la política autonomizada al momento electoral: ese clima de hartazgo con el kirchnerismo, de cansancio con su máquina cultural, con su camino al cielo a las patadas en el culo y demás. Y lo que se votaba, más simplemente, era la conducción de un Estado. Si el kirchnerismo es todavía hoy el único con un discurso y una práctica sobre eso, el 50,2% es casi poco. La estructura mental y operacional de las oposiciones no parece dar cuenta de eso, y hacen política con una visión pre kirchnerista, donde ser gobierno suponía niveles de negociación más pequeños, con actores sociales y económicos más disminuidos, con menos poder o con condiciones materiales más modestas. El “campo”, los sindicatos, los medios de comunicación, por poner los más evidentes, son hoy sectores de la política. Si bien esto ya era así, el crecimiento económico y la politización de la agenda durante estos años, hizo que cobraran relevancia en el debate cotidiano, que mostraran sus intereses de forma más clara. El “retorno de la política” fue  un objetivo y un logro del gobierno, pero inevitablemente habilita a todos a volver a ella, a usar la política para traccionar por sus intereses.  El que sea gobierno, el que conduzca el Estado, tiene ahora que tener las espaldas suficientes para esa múltiple negociación cotidiana, con el agregado de que ésta ya no se limita a los pasillos de palacio como podía ocurrir antes del 2003, sino que se desborda hacia fuera, en una discusión en voz alta y que por lo tanto interpela a toda la sociedad. Politización y democratización, podría teorizarse. Ahora, ¿quién de los opositores tiene las espaldas para hacerse cargo de ese escenario? La mayoría de los votantes se respondió que ninguno.

La pereza analítica, la comodidad o la mala leche, llevan a interpretar el momento político por la bonanza económica, con exclusión de casi toda otra variable. Más allá de la discusión de si viento de cola o motores propios, el impacto político (es decir, la traducción social de esa “realidad”)  se completa cuando ese escenario se traduce en mejores servicios: desde la AUH para los pobres al pasaporte en 1 hora en Ezeiza para los ricos. Lo que plebiscitó la gente es el uso de los recursos. ¿Cuál puede ser el efecto político de denunciar el “robo de la plata de los jubilados”, cuando la ANSES la pone en computadoras para los estudiantes secundarios? Los dólares sojeros a las antenas de la TDT. Y está bien, porque la simbología de la existencia de un Estado tiene que pasar por la televisión. La “María” de Cristina tiene que comer, tiene que tener su jubilación, o su pensión, o su casa, pero también, tiene que poder “verlo”.

La vuelta carnero después de la 125 y la crisis internacional, despejó el panorama, limpió el terreno para que detrás de la “batalla cultural” asomen las agencias estatales. Las nuevas estrellas de la política argentina. La Anses y Planificación Federal, como los nuevos ministerios de economía. Cada día que pasa, las falencias del kirchnerismo se miden por las dificultades o las taras, o las tardanzas por llevar ese proceso de “estatalidad” a los demás rincones de gobierno. ¿Qué grita el accidente de las vías de Flores? Que se viene, o se debería venir, el Ministerio de Transporte. El trabajo en negro está clavado arriba del 30%. El servicio de telefonía móvil sigue desregulado. Entonces, el nivel de “profundización del modelo” debería ser medido por el grado de creación de Estado, por el aumento de inteligencia estatal para resolver los problemas a la gente. Pero ojo, es algo bien pesado y de gran contenido ideológico, porque implica una disputa por los recursos. El Estado no se hace gratis, y su capacidad de llegada e “inteligencia” es inversamente proporcional al poder empresarial. Y es por eso que los sectores del poder económico se siguen resistiendo a dar los recursos para construir ese Estado. Cómo lo hicieron históricamente. La pelea de los próximos cuatro años va a seguir siendo esa. El gobierno ya se puso de un lado. Las oposiciones siguen haciéndose las distraídas.

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Vamos a la playa

Nos invitaron a esto

 

para hablar, mañana,  de esto:

http://www.generacionpoliticasur.org/2011/09/08/13849/

 

Y, de paso, nos sacaremos una foto como esta:

 

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Capítulo 10 de Consciente colectivo

El viernes 09 a las 21:30, canal Encuentro emite “Consciente Colectivo”, un ciclo de 13 capítulos con la conducción de la periodista Julia Mengolini.

El programa recorre diferentes temáticas referidas al concepto de “ser nacional”, con el valioso aporte de Mengolini que reflexiona como ciudadana y propone abordar la relación entre los argentinos, su identidad y sus instituciones. A través de entrevistas a especialistas y académicos y breves encuestas callejeras, el ciclo recorre conceptos como estado, ciudadanía, democracia, representación, federalismo y demás cuestiones que hacen a la sociedad democrática en su conjunto

Capítulo 10: “Poder Legislativo”

El creador de las leyes que nos rigen, el promotor de las medidas que pone en práctica el Poder Ejecutivo, bajo la mirada atenta del poder judicial. Y de los tres poderes, el que mejor representa a nuestra sociedad en toda su complejidad. El escenario natural del debate, la negociación y el consenso, en que hallan su espacio tanto mayorías como minorías. Una metáfora perfecta y permanente del ejercicio de la democracia, día a día.

 

Entrevistados: Carolina Moisés, Vilma Ibarra, Silvia Vázquez, Héctor Recalde, Alfredo Zaiat.

Repeticiones: Viernes 03:00 / Viernes 21:30 / Sábado 10:30  / Sábado 18:30 / Domingo 09:00 / Lunes 15:30


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Nada será igual

Los dos datos centrales que vienen cristalizándose desde las PASO tienen mucho de novedad: un gobierno mayoritario en sentido electoral estricto y un tusnami opositor que podría cambiar no sólo las caras de algunos liderazgos, sino la matriz de cómo hacer política desde la vereda de enfrente.

A diferencia de las elecciones de 2007, donde aparecía poco claro el marco de acción futuro, el gobierno tiene ahora un recorrido detrás suyo que estrecha (para bien) su margen de maniobra. El conjunto de medidas que tomó desde ese momento -en verdad desde la crisis internacional y la pelea con los empresarios rurales- lo terminó de ubicar en un lugar más preciso que nunca: la inclusión social a partir de la ampliación de  derechos. Las épicas batallas culturales o materiales tuvieron en general una traducción más modesta que sus enunciados, pero indudablemente fueron en aquella dirección. La convicción del gobierno se sostiene sobre que es ése rumbo y no otro el que lo puso donde está. Es algo que ahora es visto como constitutivo del kirchnerismo, pero que en verdad se plasmó con claridad cuando después de la derrota de 2009 se privilegió una lectura que en ese momento sonaba quijotesca: nos piden profundizar. La novedad respecto a eso es que si en octubre los números se repiten, el gobierno tendrá, por primera vez, una legitimación electoral para esa profundización. No es poca cosa.

Si García Linera fuera un analista político argentino, tal vez traduciría esta situación con su esquema de puja por el control del Estado, donde en un determinado momento, el “empate catastrófico” es superado por la victoria política de una de las partes, y de ahí en más, se produce la consolidación de un perfil estatal determinado y el desplazamiento por un largo plazo de los grupos que lo habían conducido hasta ese momento. Esa puja existió, con distintas intensidades, desde el editorial de Escribano del 15 de mayo de 2003, pasando por el quiebre con Duhalde en el 2005, el conflicto campestre de 2008, las elecciones de 2009,  el enfrentamiento con Clarín, la pelea por las reservas en el verano de 2010, etc. La muerte de Néstor marcó un primer balance de todo ese recorrido, dónde se empezaba a vislumbrar un resultado no positivo para la oposición política y social. Las PASO funcionaron como una primera ratificación electoral. Las de octubre podrían ser un punto de inflexión, que obligue a repensar la ubicación de todos los actores.

Acá es donde cobra sentido la particular debacle opositora: si la derrota fue para todos, los que parecen haber quedado más dañados son los que se dejaron conducir por los grupos económicos más exaltados. Poco importan las identidades políticas de origen, sí la adopción del discurso de algunos medios y de las entidades agrarias como plataforma de campaña propia. Si las elecciones que vienen provocan esa consolidación del proyecto de Estado que representa el kirchnerismo, el debate  tendrá por fin que partir desde ese punto en adelante, tomando a estos ocho años como un dato histórico a asumir. Se quiera o no.

Es algo bastante lógico, pero que hasta ahora había sido resistido: más allá de la 125, el planteamiento profundo de la rebelión sojera pretendía discutir las retenciones de…2002. La desaparición política de Carrió también esfumó la propuesta de eliminar ese ingreso del Estado. Es otro signo de lo que puede estar cambiando. Ni que hablar de las apuestas más arriesgadas del duhaldismo de retroceder en cuestiones como los juicios a las violaciones a los derechos humanos. Incluso la gran divisoria de aguas de la Ley de Medios parece haber sido superada y su sanción es entendida por casi todos como parte de un paisaje ya no modificable.

En definitiva, el cambio de la oposición puede decirse que consistiría en pasar del antikirchnerismo al poskirchnerismo. La diferencia es que si para el primero la tarea es vencerlo negándole toda virtud, pensarlo como error histórico, como accidente indeseado, el poskichnerismo (que podrá ser macrista o podrá ser binnerista) es una oposición que está obligada a pensar al Estado, metafóricamente, después de Tecnópolis. Después de las computadoras de Conectar Igualdad, después de la “normalidad” de las paritarias, o después de asumir a la región como nuestro lugar en el mundo, entre otros mojones que se podrían nombrar. Ese poskirchnerismo se puede hacer por derecha o por izquierda, e incluso por dentro del peronismo. Por todo esto pareciera lógico que Macri, Binner y algunos gobernadores con ambiciones y cierta distancia respecto a Cristina, sean los jugadores futuros.

Del lado del gobierno las cosas están claras, aunque la meta es compleja: seguir siendo vanguardia en el ciclo político más largo de la historia moderna y a la vez, aceitar un recambio generacional y político sin que la sangre llegue al río. Algunas veces se intentó y nunca se pudo. Por eso vale la pena probar de nuevo.

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