Archivo mensual: junio 2011

2011 no es 2007 (mientras esperamos al vice)

En una nota de hace 4 años que no se puede encontrar más en la web (cosas de la virtualidad, será por eso que a pesar de todo la “letra de molde” sigue teniendo su peso específico, será por eso que leer manchándose los dedos es una experiencia cualitativamente distinta a barrenar una nota con el mouse, en fin) pensábamos el escenario antes de la elección de 2007. El planteo era que por debajo de los tonos neutros de la campaña “Cristina, Cobos y vos” se escondía un problema mayor y era la no condicionalidad programática que tenía ese futuro mandato. El kirchnerismo había logrado la proeza de sacarnos de infierno, y un puñado de medidas daban cuanta de una direccionalidad. Ok. Pero aun así, eran más las voces -desde la propia Casa Rosada, y desde la incipiente militancia de ese tiempo- que apostaban a un desaceleramiento del ímpetu transformador, reemplazado por las mieles de una administración enfocada en los tonos grises. Tenía su lógica. El perfil de Cristina apuntaba un poco a eso, pero todavía más justificaba esa tesis el enorme margen de maniobra que suponía una gestión bancada por Clarín y por el Partido Comunista Congreso Extraordinario, digamos. Estaba también en el aire esa meta de la campaña de 2003 (“un país en serio”), que podía cobijar casi a cualquiera. Ya en ese entonces, el kirchnerismo no daba lo mismo, obviamente, pero sacando a los dinosaurios dictatoriales, y a los gestores de la city que seguían repitiendo un programa económico imposible, el resto de los actores sociales y políticos podían verse reflejados con distintos entusiasmos en ese slogan.

O sea, Cristina en 2007 asumía sin un condicionante que la llevara inexorablemente hacia donde fue. Ni los reclamos por abajo ni su propia agenda construida desde el 2003 suponían lo que hoy se parlotea como “profundización del modelo”.

Ahí está la diferencia. El cambio no se operó en estos días, sino desde el inicio de la gestión de la Presidenta, que empezó no el 10 de diciembre de 2007,  sino el 11 de marzo (y cómo le gusta a esta país la auto referencia histórica)  de 2008, con la resolución 125. A partir de ahí, comenzó una dinámica que tal vez el gobierno no buscó, pero una vez desatada eligió conducirla: la puja contra las corporaciones y el aumento del rol del Estado se fueron soldando como las matrices políticas del nuevo mandato. Y si bien hubo veces en que el gobierno perdió (corporación agraria) y en otras ganó (corporación mediática), lo que ya no pudo modificarse es ese sello distintivo, que explicará después el resurgimiento de la pasión política, y también el acortamiento del margen de maniobra del propio gobierno para elegir caminos menos “conflictivos”.

Con esto llegamos al 2011: por más que los apoyos se parezcan, por más que “la nueva política” siga siendo un significante vacío y vaciado, por más que los números de la elección puedan terminar siendo similares, hay un salto cualitativo trascendental. Ese salto es saber porque cosas será juzgado el nuevo gobierno, y por cuáles no. La erradicación de la indigencia, la distribución de la riqueza, la democratización de los espacios mediáticos y simbólicos, la incorporación de una nueva generación en la política y la gestión estatal. Ese es el programa que, durante estos cuatro años, Cristina se fue auto imponiendo a fuerza de medidas concretas y de un discurso cada vez más preciso, a veces por arriba de los logros concretos, es cierto, pero sabiendo que esas palabras dichas en un contexto de politización creciente se convierten en condicionantes de su futuro mandato.

Entre otras cosas, por eso ahora nos importa tanto quien es el vice. Porque ahora importa todo. Porque ahora sabemos que no habrá respiro, ni pausa, ni paz y administración. Y porque queda el desafío (otro condicionante auto impuesto por Cristina) del puente generacional. Quisiéramos que fuera Abal Medina. Por muchas cosas, entre las que hay una apuesta que no queremos perder.

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Cambio de aceite

“La coyuntura es como María Rachid: un pacman que te come, te come…” 

-Dejemos hablar de victorias y hegemonías culturales al menos por cuatro meses. Lo que vienen son elecciones, y en las últimas que hubo al gobierno le fue mal. Es más, perdió. En todo caso, sin dudas, hay que usar la remontada del último año para desplegar un discurso y una práctica que eran imposibles cuando el kirchnerismo era sinónimo de minoría. Aprovechar que se puede hablar con la gente, digamos.

-Los casos de Schocklender, INADI  y Noble son, obviamente, de distinto carácter. Pero su sincronía perfecta no es atribuible solo a oscuros manejos mediáticos. En los dos primeros, además, se deben a auto goles completos. Algo se va cerrando en esos terrenos. Como si el final de estos ocho años de gobierno estuvieran marcando también el agotamiento de una agenda. Por otra parte, exitosa. ¿Qué tiene que mostrar el gobierno en términos de “política de derechos humanos”? Los juicios, las condenas, el avance sustancial de un procesamiento democrático de las heridas de la dictadura. Con relación a la Fundación, las casas hechas. Y para la cuestión “INADI”, volver hacer foco en cosas como la ley de matrimonio igualitario. Así como hace unos meses el gobierno mostró los dientes ante los sindicatos, fijando al menos la necesidad de una jerarquización entre uno y otro, la incorporación de la “sociedad civil” y los “movimientos sociales” a la gestión estatal también debe ser puesta en caja. Vivir con el corazón en la boca por el devenir de una pelea entre una dirigente de las minorías sexuales y un ex conductor de televisión parece una exageración. A veces las “corpo” de adentro hacen más daño que las de afuera…El gobierno tiene a su favor que por debajo del ruido  de la coyuntura tiene para mostrar, aún en estos espacios (que aparecen como la esperanza de la oposición para hacer mella donde antes no entraban las balas) una gestión concreta, positiva y con aceptación popular. No es poco.

-El kirchnerismo, o sea Cristina, tiene que decidir qué hacer con los territorios en disputa.  ¿Preservación con la distancia o meter las patas a fondo para intentar sumar prestigio a las listas locales? Mmm. Las premisas son un tanto chocantes. La primera, básica, es que hay que ganar en octubre, obviamente. El resto de las jugadas quedan supeditadas a esta primera. Pero también es cierto que a diferencia de 2007-2011, el recambio natural para 2015 desapareció, lo cual le otorga un valor mucho más espeso el lograr resultados positivos  los grandes distritos (Buenos Aires, Capital, Rosario). Y no tanto por una cuestión de “gobernabilidad” cotidiana, sino por la necesidad imperiosa de construir liderazgos que puedan ser presidenciables en el futuro. Así no sean después los sucesores, contar con esa reserva es, tal vez, una de las pocas defensas con que el segundo gobierno de Cristina podrá contar para contener a las fieras después del eventual triunfo en octubre. Mirado así, parecería lógico que Cristina se meta en las campañas locales.

-En las últimas semanas, y tal vez un poco más, el gobierno fue perdiendo la agenda. Incluso, hasta podría decirse que la perdió desde el momento en que hizo metástasis en todos la idea de que el kirchnerismo había vuelto a ser mayoritario. Porque en ese momento, cuando eso pasó a ser dicho y digerido por la propia oposición mediática, e incluso la política (en este último caso menos desde el discurso pero sí desde la acción, con la avalancha de renuncias a las candidaturas presidenciales) el eje de discusión se situó en el peor de los lugares: un retorno de la soberbia. Poco importa si esa soberbia es tal o no, la “sensación” flota en el aire. La(s) campañas harían mal en arrancar siempre en “la gran aceptación de este proyecto popular…”. Volvamos a remarla, usando a nuestro favor que se parte de una situación muchísimo mejor que la que se tenía en el 2009. Los tiempos de la militancia celebratoria que cristalizaron en Huracán pasaron, como no podía ser de otra forma.

-Pregunta: ¿qué se está ganando a esta altura con la postergación de la candidatura de Cristina? Ese anuncio podría ser el puntapié para recuperar la iniciativa, fortalecer ya las candidaturas en los distritos que vienen flojas y cerrar las especulaciones que en este punto parecen esmerilar la confianza antes que generar un factor sorpresa.

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“Esto intenta ser un aporte…”

Dice Longobardi esta mañana de lluvia. Lo dice cansado, o al menos un poco resignado. Es lógico: Marcelo se imaginaba otro país y tiene este. Pero pareciera que ya están hechas esas cuentas y pagados esos debes. Se acomoda, una vez más, en el mono tema de los medios opostiores desde hace una eternidad. Pero no se pregunta por qué las madres hacen casas en vez de llorar a sus muertos (lo habrá dicho, lo pensará cada dos minutos, pero hoy no dijo eso), tampoco se regodeó en el fértil terreno de la ética y el honor en abstracto, que cuando tiene que sembrarse en alguna fuerza política realmente existente muestra sus limites explicativos y propositivos como proyecto político, etc.

No, Longo dice “¿Por qué no ponen a alguien de prestigio, alguien de Carta Abierta, alguien intachable, para que maneje los fondos de las Madres? Alguien que se haya preparado para eso, además. Poner a la hija de Bonafini para que maneje no se cuantos millones de pesos del Estado…en fin, no parece lo mejor si lo que se quiere es devolver transparencia después de lo de Schocklender.” No es textual, pero casi. “Esto intenta ser un aporte”, dice, como quien sabe que sus palabras son escuchadas desde un rincón ideológico que no puede suponer neutralidad ingenua respecto a lo que-sabemos-que-piensa-de-verdad.

No importa, importa que este tipo de cosas sean dichas por ellos y no por nosotros. Acá decíamos que había que bancar la apuesta política de Hebe de ir por más, de superar el lugar de los DDHH tribunaliceos para ampliarlo a otros horizontes más complejos, enmarañados y de donde se puede salir verdaderamente herido. La complementación de eso, es la necesidad de meterse en serio en el debate, de salir de las formas que obviamente los medios opositores eligen discutir, que sí Schocklender sí o no, si Hebe sabía más o menos. Hay que discutir, al menos entre los que creemos legítimo que Madres u otras organizaciones articulen gestión con el Estado, cómo tiene que darse esa articulación, que nivel de profesionalización y de politización es necesaria para que la kermes militante transite a la gestión transformadora. Para que esto no sea el cierre de un ciclo. Esto intenta ser un aporte…

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Mañana

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Hebe y el problema de salirse de la quintita

La figura de Schoklender es de por sí “polémica”, fácil para las conjeturas oscuras y para la calificación sicológica. Tiene todos los números para cargar con la culpa. Si existen irregularidades en cómo se gastaron inversiones públicas para la construcción de viviendas, es obvio que quien era apoderado de las Madres va a estar en el ojo de la tormenta. Está bien. No es este el asunto. O sí, pero no por eso podemos limitar la discusión al terreno judicial,  sin ir al hueso político que vino a destaparse. Gritar al cielo que se quiere ensuciar el buen nombre y honor de las Madres no esclarece nada, ni parece ser una carta de triunfo para una defensa de los organismos de derechos humanos.

El punto ciego que no se quiere ver es que las Madres, en su derrotero político quisieron dejar –y lo lograron- el lugar de los derechos humanos para reconstituirse como una organización social y política. Con objetivos y prácticas que van más allá de la búsqueda de justicia en los tribunales. Es un camino que se nutre de dos vertientes: una ligada a la conversión de Hebe al kirchnerismo, que potenció las posibilidades políticas y de recursos para dar un golpe de timón a las actividades que venía haciendo la Asociación como, por ejemplo, construir viviendas. La otra vertiente tiene que ver con algo que es más molesto de admitir para quienes en los noventa nos sentimos más cercanos a Línea Fundadora y Abuelas: desde esos años las madres de Hebe siempre buscaron ir más allá del discurso de los derechos humanos, aun cuando sobre esa “especificidad” todavía quedaban grandes cuentas pendientes. Hebe quiso hacer política –con socios lamentables como los troscos o la ultraizquierda ultrainfiltrada en su momento- y eso siempre fue un tajo en la relación con los demás organismos y con gran parte de los que acompañaron la lucha por el reclamo de verdad y justicia. Así, el presente de la Asociación se explica mejor desde esa pulsión de Madres por poner más énfasis en la reivindicación política de sus hijos, antes incluso que en el juzgamiento a sus asesinos. No digo que eso esté bien o mal, pero sí que es una elección muy temprana que después, en otro contexto y con un vuelco sorprendente hacia el oficialismo, se conecta con poner las energías en montar una empresa constructora, por ejemplo. En algún punto, para Hebe los derechos humanos son una instancia de reclamo a superar. Desestimó la idea de ir desarmando con paciencia la telaraña de la impunidad, de enfrascarse en los miles de subterfugios de la justicia para lograr una sentencia, de trajinar los despachos de tribunales. Eso es Estela. Estela es la conciencia argentina que dice: “perá, perá, yo tengo derechos, no podés hacer esto y quedar libre, no se pueden matar inocentes, menos quedarse con sus hijos”. Todo sin despeinarse, sirviendo el té a las cinco, hablando como una señora de su casa. Hebe es la que te arruina la fiesta. La que dice esa palabrita que justo no había que decir, al menos no en ese momento, no con ese invitado al que vos querías arrimar a la mesa. Hebe viene y te manda todo a la mierda. Pero la contracara de eso es que, al mismo tiempo, arma un obrador en el Chaco. Es parte de la misma esencia. La pregunta inevitable es: ¿Tenían las madres que ponerse a hacer casas? ¿No era mejor que se quedaran en su “especificidad” de lucha cívica? Se puede pensar como un espejo con los sindicatos. Moyano quiere poder político, no quiere quedarse tampoco él en su especificidad de reclamo de salarios y arreglo de convenios. Y eso, al menos en los papeles, haría las delicias de los sueños revolucionarios: trabajadores que no se conforman con el lugar asignado para la lucha económica. O en el caso de las Madres, como movimiento social totalizador, hiperpolitizado. Pero a Moyano y a Hebe (¿habrá otras dos figuras tan desprestigiadas por los medios?¿Habrá otras dos tan conocidas y donde ese desprestigio haya calado tan hondo, aún en los sectores que deberían ser sus sostenes?) les pasa lo mismo: quieren algo que necesita de otros modos para ser construido. Dicho de otra forma: querer romper la quintita del espacio político-simbólico que la sociedad les asignó tiene el costo de que para superarlo hay que quedar al desnudo. Desguarnecidos ante reglas de juego que conocen poco y manejan con cierta torpeza. Algo similar se podría decir de Milagro Sala.

En ese sentido, revindicar lo impoluto de la lucha por los derechos humanos, exigiendo separar quirúrgicamente los tantos (“Schoklender es el acusado, Hebe no tiene nada que ver. Y al final de cuentas, Hebe no son todos los organismos, etc”) nos va a hacer retroceder más, porque lleva implícito la censura de una participación política múltiple, dónde los actores no estén conferidos a sus terrenos, a sus nichos de mercado y tengan el derecho a toda la diversificación que quieran (y puedan). La contracara de eso es que ya no sirve refugiarse en los pañuelos como paraguas ético. Habrá que mostrar los balances de las empresas, los contratos con el Estado, confirmar judicialmente la trasparencia. Maradona no tiene razón: si uno juega a fondo, la pelota se mancha. Los pañuelos también. Hebe usó su capital político y simbólico para volcarlo en una apuesta de alto riesgo. El riesgo de pasar de ser un micrófono encendido contra todo y todos, a firmar convenios y comprometerse a gestionar mucha guita y ponerse al hombro la esperanza de gente que necesita una casa. Ésa apuesta, ese salto al vacío, es exactamente lo que hay que bancar.

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Lucas pregunta por la cultura en tiempos de kirchnerismo

1) La palabra clave creo que es debate. La puesta en discusión de emblemas culturales que la argentina pos Menem había solidificado. El lugar de los medios como los productores de una cultura (política, artística, etc.) aparece como central, al menos en los últimos años desde el conflicto abierto con Clarín. Ahora, al mismo tiempo el kirchnerismo no es sólo ruptura de todo eso, sino que también amplificó elementos de la cultura argentina que se venían desarrollando desde el comienzo del ciclo democrático.  Sigue acá.

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