Archivo mensual: mayo 2011

Algo sobre Sarlo en 678

Salgamos del lugar de Sarlo vs Forster, ni que hablar de Sarlo vs Mariotto. La invitación de 678, la mejor interpretación posible de esa invitación al menos, tenía otra lógica a la del simple contrapunto: vos que nos mirás y escribís sobre el programa, vení a decirlo desde este programa. Ahí estaba la potencialidad que tenía tener a Sarlo al lado de Barone.  Y Sarlo cumplió con esa expectativa. Detalló, con las limitaciones del caso y el doble stopper que se le puso con Forster y Mariotto (un exceso que tiene sus explicaciones)  sus desacuerdos. ¿Qué son esos desacuerdos? Tienen dos vertientes que en el programa se mixturaron pero convendría separar. Una crítica puntal al ejercicio del periodismo de archivo y de las premisas sobre las cuales luego intervienen los panelistas de 678. Y por otro lado, sus desacuerdos con el kirchnerismo, la visión del mundo, o como quiso colocar Forster con cierta grandilocuencia “del poder”. ¿Es la misma discusión? ¿Ser anti kirchnerista es ser también anti 678? Y al revés: ¿ser kirchnerista es ser seisieteochista?  Hubo una divergencia formal durante todo el programa: Sarlo buscaba fundamentar la crítica en aspectos concretos (los informes, el papel de la prensa europea, la transición democrática, etc) pero la réplica venía por el lado de la confirmación de lo que nunca estuvo en duda: “ah, pero vos sos opositora…”, por lo que salvo algunas intervenciones afortunadas de Forster, había un diálogo pero que ocurría en dos niveles distintos. Una totalidad (el gobierno, el proyecto, lo popular, etc) frente a una crítica quirúrgica, que si bien sabe que se agazapa en los lugares más fértiles y sencillos, no deja de ser inteligente, mordaz, astuta.

Y esta estructuración del debate, donde cada uno privilegió su lugar del universo desde el cual discutir, privó al panel, a Forster y más grave a Mariotto, de dar cuenta del error conceptual tal vez más grueso de la ensayista. Acertadamente, ella dijo que la importancia de los diarios era relativa, e incluso mostró cierta herida narcisista: “nos leen poco”. En su cabeza, los “medios políticos” siguen siendo los diarios. ¿Es así? ¿El problema no será que –ella, pero también 678- siguen poniendo en la tinta lo que en verdad se juega en la tele? Ahí el error grueso se lo lleva Mariotto, autor de la Ley de Medios  Audiovisuales, que debería haberse percatado del zanjón que le abría el concepto elitesco de Sarlo sobre qué son los medios de comunicación. “Sarlo, cuando decimos Clarín, nos referimos a un grupo mediático, no a un diario de papel. Su relevancia está dada porque opera verticalmente en distintos sectores, apelando a distintas herramientas tecnológicas, incluido el servicio de cable, etc”.

Sarlo, a su modo, mostró las complejidades de ser opositor desde una postura progresista. A favor del ADN de los hijos de Noble, condena a las declaraciones de Chiche Gelblum incluido el premio Martín Fierro, apoyo a los juicios por derechos humanos, y hasta un adelanto de un voto a Filmus en segunda vuelta: “quédate tranquilo, a Macri no lo voy a votar”. ¿Cómo es que todo eso converge en la síntesis de un ser  cabalmente opositor? ¿No hay acaso demasiados puentes como para que la persona que dice eso sea la representante ideológica “que da letra a Clarín”?

En definitiva, al “esfuerzo” de Sarlo por comprender algunas dinámicas de la movilización política oficialista, creo que no se le respondió con la misma sagacidad. El punto fuerte, relativamente tácito, del discruso sarleano sería algo así: “ustedes son muy efectivos, han logrado que exista alrededor de un programa de televisión un activo militante, una participación, un hecho relevante. Ahora, esto lo hacen no desde un profesionalismo periodístico que no cuidan, sino desde un aparato simbólico de propaganda, un producto donde el equilibrio y la complejidad son arrasados”.  ¿Cómo hay que responder frente a eso? Primero depende del lugar desde el cual se quiera discutir: ¿era el panel y la productora defendiendo su labor profesional? ¿Era la militancia intelectual del kirchnerismo dando una batalla política al aire? ¿Las dos cosas son la misma? Es complicado porque incluso dentro del panel no existe un mismo criterio: Barone o Russo pueden abandonar su periodismo en mutación a cierta organicidad intelectual, lugar que dejaría menos cómoda a Nora Veiras, por ejemplo.  Y aún así la mejor respuesta estuvo prácticamente ausente: nosotros hablamos desde un lugar, y no pretendemos jugar la carta independiente. Razonamiento que debería ir hasta el fondo y determinar, entonces, si la “independencia” mediática es un engaño empresarial de TN o va mucho más allá, ubicándose en el lugar simbólico de una profesión. Porque Leuco –que no trabaja para TN- también se siente “independiente”. ¿Qué hacemos entonces con eso? La línea de 678 viene navegando en aguas mezcladas en ese punto: Magnetto como artífice, pero el electo periodístico del medio como cómplice. ¿Deberían renunciar los periodistas de TN, de Clarín, porque no se puede hablar de Ernestina Herrera de Noble? ¿Qué debería hacer entonces cualquier otro periodista –incluidos los que trabajan en los medios oficiales- ante la obvia imposibilidad de ejercer plenamente su “independencia”?

El programa  me hizo más kirchnerista. Con todo lo escrito arriba, ¿qué otro medio, que otro programa, se banca discutirse a sí mismo? ¿Qué dirigente político opositor puede sostener, así sea por dos minutos, un debate con Sarlo? ¿Qué otro conjunto de ideas , materializadas en un proyecto político real y de poder, existe hoy en la argentina para discutir los status quo, los sentidos comunes, las convicciones? Ese es el problema muchachos, por eso Sarlo escribe de Kirchner y se obsesiona con 678. No hay más nada. Eso, lejos de permitirnos ser holgazanes, nos obliga a ser mejores.

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La vanguardia de todos

Oficialistas y opositores, sectores empresarios y sindicatos, kirchnerismo silvestre y orgánico, gobernadores y candidatos de todo pelaje, todos reconocen a una sola y única vanguardia política. Eso y decir que Cristina está en el centro de la escena política es parecido pero no es igual. Convertirse en vanguardia supone estar uno o varios pasos por delante del resto, significa entender cosas que otros no entienden, significa tener el poder del convencimiento y del ordenamiento práctico de las fuerzas propias (y ajenas). Significa, también, transitar el borde peligroso de toda vanguardia que es despegarse, escindirse del conjunto al que se quiere liderar. El kirchnerismo es estos años pasó por ese borde más de una vez, incluso con peligro de desbarrancar definitivamente. Nunca como ahora había logrado juntar tanta fuerza de conducción.

La elección de ayer de Filmus muestra un aprendizaje. ¿Cuál es el camino más viable para ganar en la Ciudad? ¿Cómo hacemos una fórmula que, además, refuerce una identidad kirchnerista y peronista? ¿Cómo seguimos, además, enviandos mensajes de aviso a la CGT de que la conducción política no se comparte? Cristina supo responder a las tres cosas con Filmus-Tomada.

Una pregunta maldita: ¿Cristina no está demostrando ser mejor que Néstor? ¿Néstor hubiera, por ejemplo, elegido a Filmus, o se hubiera encaprichado con Boudou? Y al revés, ¿hubiera tenido la actitud menos calculadora, pero importante estratégicamente de sosegar al sindicalismo, para lograr al mismo tiempo margen de maniobra y convertir cierto condicionamiento gremial en apoyo casi incondicional? Es una pregunta maldita porque se basa en lo incomprobable. Y porque además, siempre, debemos elegir por los vivos. Cuando era (más) joven, había una pregunta parecida con la que jugábamos en la agrupación del secundario: ¿a quién preferís: al Che o a Fidel? El carné de aprobado te lo daba elegir al segundo aunque te pusieras la remera del primero.

Los vivos tienen la enorme ventaja de seguir aprendiendo, de poder se cada vez mejores. Volvemos a insistir con la mono tesis de este blog: el kirchnerismo aprende y mejora con el tiempo y la gestión. El gobierno que tenemos hoy es más refinado, complejo, y sutil que el de anteriores etapas. Es una mitad de la verdad. La otra mitad es que la endeblez en que quedó el proyecto se vivencia en las lágrimas con que suelen terminar los discursos presidenciales. Hay uno menos en un equipo que era de dos. Es mucha pérdida. Y el nivel de problemas que tiene esto para la continuidad del kirchnerismo recién se va a ver después de octubre. Recién ahí vamos a poder evaluar, un año después, cuánto se perdió con la muerte de Néstor.

Pero volvamos a los vivos, a los que podemos discutir, tener esperanzas, reclamarles cosas, votarlos. Con toda la lógica del mundo, sobre el final del segundo mandato de gobierno, la “construcción de poder” pasa por la domesticación de las propias criaturas. En el 2005, por ejemplo, Kirchner decidió ir por Duhalde, lo que era una audacia pero a la vez una forma racional de abandonar lo que le quedaba de “primus inter pares”, para consolidarse como liderazgo independiente de su propio lugar de origen. Pero Duhalde era una exterioridad, un acuerdo con fecha de vencimiento. En el cortocircuito con la CGT aparecen las luces y sombras de la gestión: aumento del empleo y aumento del salario, y también la permanencia de un tercio de trabajadores en negro. Ese es el terreno material de la disputa política. Una corporación que quiere traducir su poder social y económico en político, pero que tiene todavía pies de barro, en tanto hay mucho “pueblo” que todavía está afuera de las murallas protectoras de los convenios colectivos.

Se dice bastante que la elección que viene es como la del 2007: una candidatura despegada del resto, una oposición diezmada por sus propias limitaciones, una sociedad consumiendo y relativamente despreocupada, que va a votar con un DNI donde adentro tiene la tarjeta de crédito, o por lo menos la de débito. Está bien, hay puntos en común. Pero hay uno que lo distingue: entre el 2007 y el 2011 el gobierno decidió por qué cosas será juzgado y por cuáles no. La distribución del ingreso, el aumento del rol de Estado, la puja con los poderes fácticos de la economía, son las metas auto impuestas que se fueron cristalizando durante el segundo mandato. Cosas que asomaban desde el 2003, pero no tenían la coherencia ni la profundidad que fueron logrando. La campaña de 2007 fue híper pulcra, con un discurso que intentaba cerrar todo: después de la reconstrucción, viene la calidad institucional, la moderación, Cobos y vos. En el 2011 se va a escuchar más “profundización”, “modelo”, “proyecto”, “disputa”. En los dos casos, estos permisos de literatura política los otorga el crecimiento económico, más bien, lo que no quita entender lo que cambió desde ese momento hasta hoy.

Y el salto de calidad, en términos políticos, podría ser inédito: si las elecciones de octubre se ganan, va a convivir un gobierno revalidado por las urnas (el de hoy sigue estando bajo la sombra de la derrota de 2009) con un apoyo militante/participativo/emocional de una minoría, relevante. Esas dos cosas juntas no se habían dado en estos años, y abre una potencialidad interesante. Hace unos domingos, mientras leía el Página 12 arriba del 60, una mujer me pregunta: “perdón, ¿vos estás en una agrupación?” Es un microclima, pero uno que llegó al bondi y entiende que leer un diario “ladriprogresista” (¿se mantiene la categoría Artemio?) es un código de militantes.

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Al que le quepa el sayo

Lo que sigue es una nota que se publicó en el Ni a Palos del 24 de abril pasado, pero creo que puede ayudar a pensar la coyuntura que se desató a partir del discurso de Cristina de hoy. Más allá de los temores a otro renunciamiento histórico o la admiración a lo que a esta altura es una muestra de valentía y aguante casi extraterrestre, es necesario reflexionar sobre la relación entre sindicato y gobierno. ¿Cómo se hace política con nuestra “corpo”?

La piedra y el vidrio

Fede Vázquez

La frase es atribuida a una militante del PT brasileño, cuando a comienzos de los años noventa se convirtió en funcionaria de una ciudad ganada por la izquierda: “antes éramos la piedra que rompía el vidrio, ahora…somos el vidrio”. Algo de eso debe haber pensado por estos días Evo Morales y buena parte de su gobierno, cuando debieron confrontar fuerte con los sindicatos nucleados en la COB (Central Obrera Boliviana).  El núcleo de la protesta fue el debate por el nivel de incremento salarial que debía otorgar el gobierno. Mientras que la COB se plantaba en un 15%, el gobierno ofrecía un 10, y finalmente se llegó a un 11 y 12%, según la actividad.

Nada del otro mundo. Pero sobre esa discusión se sumaron dos paros generales durante el verano y un más, éste de carácter indefinido, hasta lograr una reunión con el propio Evo. A eso, hay que sumarle ciertas características de la movilización en Bolivia, donde los mineros suelen, por ejemplo, utilizar dinamita en las protestas. O la práctica del bloqueo de rutas y caminos. Más allá de estos elementos “locales”, lo interesante es ver de qué modo, aun un gobierno que suele definirse a sí mismo como un “gobierno de los movimientos sociales” debe, en determinados momentos, actuar con distanciamiento de actores políticos que son, sin dudas, aliados estratégicos. No hay forma de ser la piedra y el vidrio a la vez.  

En una conferencia de prensa, cuando el conflicto empezaba a ser superado, el vice de Evo, Álvaro García Linera, usando sus dotes de sociólogo, definía que “en Bolivia existe un debate sobre el reparto del excedente”. Pero ese debate, que acá solemos llamar puja distributiva, no es sólo entre Estado y empresas privadas, sino también por la capacidad de ese Estado de fijar los criterios de inversión social y gasto público con autonomía respecto de todos los sectores, aún de los aliados reales o potenciales. En ese sentido, y anticipando lo que serán futuros enfrentamientos, Linera explicó que “hay dos opciones: o bien las victorias populares logradas en un momento de gran ascenso social se consolidan institucionalmente o bien hay una tendencia, una presión, por salidas corporativistas, sectorialistas.”

El caso de Bolivia es sintomático, porque suele ser mostrado por cierta izquierda argentina como el mejor ejemplo de lo que es un verdadero cambio, en contraposición a las reformas -a su entender, parciales y tibias- del gobierno de Cristina. Una forma de discutir esto sería una larga exposición sobre políticas públicas bolivianas y argentinas, donde la sorpresa estaría en la similitud de muchas de ellas (por ejemplo en lo referente a la política de cobertura social), otra forma sería identificar los apoyos y rechazos que tiene el gobierno de Evo, que por derecha y por izquierda, también tienen sus parecidos con la situación local (por ejemplo, los paros recientes fueron conducidos los sectores sindicalizados pertenecientes a las capas medias –salud y educación-, una conformación social similar a la de CTA). Sin embargo, el elemento de mayor peso argumentativo es que ambos gobiernos tienen delante de sí el mismo desafío político: la (re) construcción de un Estado con poder de decisión efectiva, real y concreta sobre los recursos económicos que ese mismo Estado genera o ayuda a genera.

Pero esa reconstrucción estatal está, además, atada a una concepción de lo político: es el gobierno, democráticamente elegido por la ciudadanía, el que debe conducir ese Estado y para hacerlo debe tener una autonomía relativa con relación a las corporaciones económicas más importantes (lo que constituye acá y en Bolivia el eje central del conflicto) pero también, y cruzado tal vez por mayores matices, respecto de las organizaciones sociales, políticas y sindicales. Lo que muchos entenderán de esto como una “traición a las bases” constituye, en realidad, la posibilidad de darle alguna respuesta a la metáfora del vidrio y la piedra. Es imposible ser ambas a la vez, aun cuando ese vidrio no cuide más una ciudadela neoliberal y excluyente y esté atento a lo que está a la intemperie, a los reclamos de una sociedad todavía con muchas cuentas pendientes. La autonomía (repetimos, siempre relativa y porosa) del gobierno es también necesaria para que exista ese misma condición en las organizaciones sindicales respecto al poder político. Una tensión permanente, una mesa de negociación siempre servida y siempre a punto de ser levantada. El límite (que en el caso boliviano tal vez se haya desdibujado un poco por lo extenso y profundo del conflicto, mucho menos en el nuestro) está en la percepción de que ambos actores comparten intereses que las corporaciones y oposiciones políticas no dudarían en combatir como si fueran uno solo.

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A un año de la asunción de Néstor en la UNASUR: poco tiempo y muchas nueces

Publicado en el Ni a Palos del domingo

Hace casi exactamente un año, el 4 de mayo de 2010, Néstor Kirchner asumía el cargo de secretario general de la UNASUR. Si nos remontamos al debate que intentaron instalar los medios y algunas figuras de la oposición por esos días, la elección de Kirchner para ese cargo aparecía poco menos que incomprensible. “Kirchner nunca se interesó por las relaciones internacionales ni por la política exterior” sentenciaban, a modo de mantra, periodistas, opinólogos y referentes varios del arco opositor. En todo caso, lo que desnudaba esa frase era el abismo que separaba (y separa aún hoy) a dos concepciones sobre lo que debe ser la postura de un país con relación a sus vecinos y el mundo. En su mandato como presidente de la Nación, Néstor había dado muestras suficientes de construir una lógica de relacionamiento externo diferente a la de los últimos años. La revalorización de los derechos humanos en tribunas como la ONU y otros organismos internacionales, la renegociación de la deuda externa tensionando la cuerda hasta el límite con el FMI y los gobiernos de los países centrales, la elección de Brasil como un socio estratégico desde el cual pensar la inserción de Sudamérica, la repotenciación del reclamo por la soberanía de las Islas Malvinas, buscando el involucramiento de los países del Mercosur, el aumento exponencial de las relaciones económicas con países como Venezuela que hasta ese momento eran prácticamente nulas, entre otros grandes ejes. Y por supuesto, el fin de las negociaciones sobre el ALCA en 2005, cuando por primera vez un grupo de presidentes sudamericanos  reunidos en Mar del Plata conformaron una estrategia diplomática que terminó por hundir el proyecto norteamericano de anexión económica continental. Bastantes jugadas para alguien que mira con desdén las relaciones internacionales…

Para comienzos de 2010 la UNASUR seguía siendo una gran idea que sin embargo no lograba arrancar. El dilema era de decisión política: construir un nuevo organismo de integración, a la manera del Mercosur o la CAN, con sus estructuras piramidales, sus ejércitos de funcionarios grises, su multiplicidad de agendas de buenas intenciones y escasos resultados, que demandaría una ingeniería de lustros y recursos. Esa era una opción. La otra era nombrar a Kirchner. Meter un pateador de tableros, poner la iniciativa política y personal, por sobre las reuniones de canapé y las fotos de ocasión. Los doce presidentes terminaron eligiendo por esta última. Por razones diferentes: en primer lugar, había pocos referentes políticos importantes consustanciados con el nuevo tiempo político que no fueran, ellos mismos, presidentes en ejercicio, y por otro lado la región (y estratégicamente Brasil) necesitaba dar una señal a Estados Unidos de que el proceso iba en serio, y que Sudamérica pretendía gobernar sus asuntos, sus diferencias, sus crisis, con una conducción política propia. Algo que la convaleciente OEA ya no podía lograr sin mostrar demasiado la hilacha pro norteamericana.

El mandato de Néstor en la UNASUR fue, entonces, ése: hacer política nacional fuera de las fronteras argentinas. Así lo entendió, creando escenarios nuevos y corriendo el margen de lo posible, como ya venía haciendo en Argentina. Los ecos de la famosa frase de Perón “si querés que algo no salga, armá una comisión” debió haber revoloteado su cabeza, y con sólo una estructura de un par de colaboradores ad honorem (entre los que se encontraba Rafael Follonier y Abal Medina) se dedicó a instalar la idea de que los problemas entre países debían ser parte de un debate al interior de la región. A eso, le sumó una consigna que sólo superficialmente se puede entender como pragmática: “UNASUR no puede ser un club de gobiernos progresistas”, solía decir. Con esas dos variables llegó el acuerdo entre gobiernos con claros contrapuntos ideológicos como Colombia y Venezuela, a sólo tres meses de asumir. El otro punto sobresaliente de su corta gestión fue con relación a la revuelta policial ecuatoriana, donde por un día el presidente Correa fue confinado por las fuerzas de seguridad en un cuartel. En la madrugada del 30 de septiembre al 1 de octubre, se convocó a una reunión de urgencia de la UNASUR en Buenos Aires, donde Cristina y Néstor recibieron a buena parte de los presidentes sudamericanos que emitieron un documento histórico que marca una profundización sin precedentes en la construcción de una autonomía política regional. Fija al orden constitucional y el respeto a los DDHH como “condiciones esenciales del proceso de integración regional” y marca la “necesidad de que los responsables de la asonada golpista sean juzgados y condenados”. Pero el punto más fuerte es el que sostiene que los gobiernos “no tolerarán, bajo ningún concepto, cualquier nuevo desafío a la autoridad institucional“. Detallando como medidas preventivas el “cierre de fronteras, suspensión del comercio, del tráfico aéreo y de la provisión de energía, servicios y otros suministros“. La soberanía será regional o no será, podría concluirse.

Néstor pensó a su gestión en la UNASUR como algo pasajero y veloz pensando seguramente en que meses después sería candidato a presidente. Pero tal vez también por comprensión histórica de que este nuevo organismo debía nacer con menos protocolo que acciones, marcándole la cancha a los que creen todavía en la tesis del patio trasero.

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Pedaleando en el aire

Queríamos que fuera Macri, es verdad. Y creíamos que era un escenario más que posible, deseable. No tanto para estructurar una siempre mítica conformación de dos espacios políticos, con un orden y prolijidad que no se llevan bien con nuestras costumbres patrias más entrañables. No. Porque era una forma de conducir los reclamos empresariales y de una derecha cultural y política que aunque minoritaria, existe y tiene poder, y que desde el retorno de la democracia tiene su mercado electoral. La escena política de los últimos días descubre una cosa tremenda: en qué se convierte la política cuando queda pedaleando en su propia dinámica de, en este caso, selección de candidatos, en qué queda cuando la pregunta de a quien voy a representar se olvida en el fondo del cajón y se reemplaza por la conveniencia personal más transparente y feroz. Es obvio que eso siempre es parte de la política, de cualquier signo y tiempo, el problema es cuando es sólo eso.  No estoy hablando de convicciones que no se abandonan en las puertas (eso es de una épica que está a años luz de las cabezas opositoras), sino de cálculos que al menos incorporen las variables de la representación. ¿A quién quiero representar? ¿Para hacer qué? Si la oposición abandonó el ejercicio de pensar una alternativa económica, por ejemplo, también parece haber dejado de imaginar una alternativa de representación política. Eso que el gobierno fue zurciendo con miles de tensiones: Moyano, Yasky, organismos de DDHH, jóvenes, por poner algunos ejemplos concretos. Algo difícil de encontrar del otro lado. La oposición creyó tener en los sectores medios el actor clave desde el cual retomar la bastilla, pero al final resultó complejo apostar a algo que no es más que una categoría sociológica demasiado nublosa y de casi imposible traducción política.

En estas semanas de candidatos que se bajan, alianzas contra natura que se plantean como obvias y pasos de comedia varios, la oposición puede terminar de perder uno de sus supuestos capitales políticos: “no somos como el peronismo que se junta con el que sea con tal de mantener el poder”. Los radicales se enojan cuando se les recuerda la experiencia de la Alianza. Pero….¿otra vez muchachos?  El ideológico y progresista Ricardito Alfonsín entablando conversaciones con De Narváez es todo un barco conceptual a punto de hundirse. Hay una pereza opositora en pensar al país. Por acá ya se habló de la relación poco elegante entre los factores de poder y los políticos de la oposición. Prácticamente, desde el comienzo de la experiencia kirchnerista fueron los primeros (con algunos cambios de titularidad y membresía, claro) los que se pusieron al hombro agendas paralelas o netamente confrontativas con el gobierno. Hubo un momento en que parecía que todo confluía: la 125 con su mezcla de rebelión civil y rebelión institucional en el Congreso más la consolidación de un sentido común anti k parecía abrir la puerta a que toda una clase de políticos  confluyera en la representación de los intereses de sectores sociales y económicos para los que el Estado había llegado demasiado lejos. Pero ahí, justo ahí, los políticos sólo esperaron que la fruta madura les cayera del árbol. Árbol, por otro lado, que tampoco habían plantado ni regado. Siguieron sin pensar, tomaron la agenda mediática así como venía, envasada en origen por una corporación inteligente y sutil como fue el grupo Clarín, pero que como mucho habilitaba la posibilidad de construir un escenario, pero no gobernar. A eso renunciaron sin saberlo desde el 2009. A ser gobierno. El desvarío fue entendido recién cuando la muerte de Néstor puso blanco sobre negro y desparramó energías políticas, militantes y sentimentales que estaban desde hace un tiempo dando vueltas en el aire. Pero antes de eso, la oposición ya no sabía que hacer con su triunfo electoral legislativo, principalmente, porque todavía no descubrieron qué es, sencillamente, el anti kirchnerismo. ¿En qué rosario de medidas económicas, políticas, simbólicas, sociales se puede asentar la oposición?Por eso el punto es junio de 2009 como inicio de debacle opositora. Aún con muchos votos, el grupo A no pudo traducirse en dos o tres banderas. ¿Por qué? Tal vez, y esta es sólo una hipótesis de trabajo, porque los propios sectores dominantes no tienen tampoco una agenda alternativa. El dolor solitario de las prepagas durante esta semana  en que se votó la ley de regulación es sintomático. Porque el elenco opositor, con mejor o menor suerte, logró articular discurso sobre zonas grises del kirchnerismo, que las tiene, es obvio. Inseguridad, INDEC, glaciares o lo que sea. Pero el punto es que no logró construir un discurso alternativo sobre las virtudes del gobierno. Ahí está la cosa. La oposición no puede hablar sobre el gran cambio de estos años, que se pueden presentar como dos. Estado y Economía. Un Estado que vuelve, o que llega por primera vez, sea con una compu a un nene de Catamarca o con una obra de infraestructura millonaria, o con un juicio por derechos humanos, o con el Futbol para Todos. Estado por todos lados. Y una economía con logros indisimulables, donde a pesar de todas las tensiones habidas y por haber la ecuación es que, aún hoy, (casi) todos ganan. De estas dos cosas se pueden poner muchos peros, o sencillamente no estar de acuerdo en que sean buenas cosas. Sin embargo, el problema es que todos los candidatos renunciados o testimoniales no pensaron nada sobre eso, no quisieron ir al nudo, no arriesgaron.

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