Videlazo

Y habló nomás. Si no me equivoco, nunca lo había escuchado hablar. Videla era, para nuestra generación, un símbolo silencioso. ¿Qué fueron esas palabras del ex dictador? ¿El fin de un ciclo, el cierre judicial y en algún punto político de todos estos años de lucha por el juzgamiento de los crímines de la dictadura? Posiblemente. El Poder Judicial acompaña una consenso social muy amplio construido artesanalmente, y bruscamente también. Entre el prólogo de Sabato al Nunca Más a los escraches de HIJOS, cada época de nuestra democracia fue teniendo distintos protagonistas que hicieron posible las sentencias condenatorias para los responsables de la matanza.  Y eso va teniendo su cierre. Y es un gran cierre, tal vez el mejor cierre posible, gracias a la decisión política de los dos gobiernos de Néstor y Cristina. Y en este lugar, las palabras de Videla son una defensa imposible para un sentido común y un sentido judicial que tomó un rumbo muy ajeno a palabras como “terroristas marxistas” o “guerra justa”. Fuera de lugar. Y totalmente nulas para discutir lo que discuten los juicios: los asesinatos, las torturas, las desapariciones, el dónde, cómo y por qué de miles de casos que víctimas individuales a los que el Estado mató, torturó y desapareció. Y donde Videla es, indefectiblemente, culpable.

Pero Videla hace una jugada más. Intenta, perdido ya el caso, volver a la historia. Plantea una contextualización.  A veces burdamente falsa (como la conexión directa entre la “subversión” local y la Unión Soviética y el comunismo internacional), a veces cierta (como desnudar el mito de inicio del mal el 24 de marzo de 1976). En definitiva, Videla hace kirchnerismo de derecha: devuelve el conflicto a la sociedad. Fueron ustedes, guachos. Fue Balbín, que me dijo “andá, matá, yo no te puedo salir a apoyar, pero me voy a quedar callado.” Fue Perón, que había echado a los Montoneros y escribió que “el reducido número de psicópatas que van quedando, sea exterminado uno a uno” en una carta a las tropas del regimiento de Azul, después del ataque del ERP. Hay, incluso, un guiño a la coyuntura cuando dice, “El Estado había perdido el monopolio de la fuerza”. Gracias, genocida. Tu abrazo de oso a tantos dirigentes irresponsables que por colarse en la competencia electoral mandan cualquiera es importante.

La sociedad, o todo esas partes que forman la sociedad, no se va a hacer cargo ni a palos de este llamado de Videla. No es el peronismo el único que rehuye de la derrota, como se dice todo el tiempo. A nadie le gusta los perdedores. Y Videla es un perdedor de un proyecto de clase ganador. Aún así, tarde o temprano, volveremos a discutir en sus términos. ¿No lo estamos haciendo ya? Cambiemos “guerra” por “conflicto”. Cambiemos “guerrilleros” por “militancia nacional y popular”, y así. No, no. Mejor que no. Pero el corazón del discurso videlista está vivo: ¿cuánto vale una democracia que no garantiza orden? ¿qué es una democracia si se pierden los “valores tradicionales”? ¿qué pasa con los demócratas intocables cuando la conflictividad social recrudece? ¿y si la democracia de pronto decide que gobiernen “siempre los mismos”? ¿cuánta no-alternancia se banca la democracia? ¿una democracia puede estar peleada con los sectores dominantes? ¿al menos con algunos? ¿cómo se hace para no caer en la trampa de los setenta, y no ser blanco de los que tarde o temprano nos van a querer borrar del mapa?

Hay una respuesta fácil: no estamos buscando el socialismo, ergo, no habrá una respuesta violenta a cambios que son chiquitos, reformistas. No, eso es lo que piensa el boludo de Caparrós. El Poder va siempre por todo. Y por eso lo que vivimos hoy es una lucha importante, porque a los cambios que se hicieron desde 2003 le fue naciendo una contracara de intereses. Videla ya no los puede representar, es el actor en retirada, un fantasma de otros tiempos. Sin embargo, de su boca aparecen algunas de las ideas que indefectiblemente vamos a tener que discutir, desarmar, vencer. Para cambiar la historia. Para no perder de nuevo.

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