Juancho

ni bien me enteré, me vino a la memoria el patio del Avellaneda. Juancho flaco, desgarbado y gigante porque estaba terminando el secundario y yo recién arrancando. Era la primera mitad de los noventa y militar en el centro de estudiantes era ser indefectiblemente de izquierda. Pero Juancho le agregaba un toque de autoestima peronista, aún en ese momento de menemismo extremo. Tenía una banda que se llamaba “provechito y sus secuaces”, si la memoria no me falla, y adelantados quince años a Capusotto, tenían como logo la PV y dos eses abajo. Él, y otros como él, tenían una sabiduría para mi mágica: cómo armar una asamblea de delegados, cómo plantear un argumento para convencer a otro, cómo poner los palos de la bandera para que el viento no te lleve puesto cuando la columna agarraba por Santa Fé después de caminar por Humboldt. Y una final, más reciente: hay que hacer todo ahora, porque nunca sabés. Desde hace meses, después de reencontrarnos en la blogósfera, quería llamarlo para juntarnos y volver a hablar de política y pasar por su local de chacarita y…y ahora me queda el nudo en la garganta, nada más. No sé si le seguían diciendo Juancho, o Juan, o Juan Cruz. Enterarse que se fue es una tristeza enorme. Y una alegría ver que era un tipo querido, respetado y admirado.

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