Un pedido a Mónica Gutiérrez

¿Cómo sería la discusión política en la Argentina sin crecimiento económico? Desde el 2003 fuimos acostumbándonos a pensar la política desde un dato preliminar: la economía crece. Y a eso habría que agregarle la hinchazón saludable de las arcas del Estado. La mirada corta de la oposición podría pensarse también desde este ángulo. Nunca, pero nunca, salen del debate sobre cómo gastar lo que la economía genera (y el Estado recauda). ¿Hace cuánto que no escuchamos debatir el “modelo de desarrollo”? Y eso que habría muchas cuestiones preocupantes para pensar. Ese “mediano plazo” de políticas de Estado que enamora a las tribunas, supuestamente.  La destrucción de la política como lugar de reflexión social se puede metaforizar en la ausencia de un debate por qué tipo de proyecto de industrialización deberíamos encarar, por ejemplo. Nada, pero nada de eso se escucha en los aires, éteres y tintas mediáticas. La crisis política de 2008 con los empresarios agrarios apenas si rozó esto, para en verdad quedar sepultado bajo las necesidades correspondientes de ambos sectores: el aumento o no de una variable impositiva. El kirchnerismo no avanzó mucho más que en sostener las variables de estabilidad y consenso de 2002 que rezan al dios de la lluvia para que crezcan los granos (en la tierra de la pampa húmeda y en la bolsa de Chicago) y políticas de distribución para aumentar la demanda interna y con eso algo de la industria silvestre, pero al menos es el conductor de esa ruta de luces bajas y pocas curvas. La oposición hasta duda de la segunda parte del acuerdo -la inclusión social- y no omite ninguna opinión sobre cómo construir el escenario siguiente, que dice querer gobernar. Es como si radicales, liberales y otras yerbas respiraran aliviados porque “el tema económico” ya está resuelto, decidido por la matriz de la devaluación y la exportación. Pero la oposición no tiene un Cuartel General donde se decide su estrategia. Es más como una asociación implícita de intereses y sectores que van encolumnándose (eso sí, con alto nivel de acatamiento, aún sin tener ninguna organicidad) cuando algún referente o grupo encuentra un filón desde el cual pegarle al gobierno. A fines de año tomó la posta el Grupo Clarín, decidido a que la Ley de Medios no llegara a su aplicación, para lo que necesitaba una estrategia casi insurreccional. El actor político ideal era el radicalismo legislativo, con el cual compartía la no responsabilidad por la gobernabilidad territorial, ni la inserción en esquema productivo alguno. Los dos eran solo “grupos” de opinión. Grupo Clarín y Grupo A. El palo en la rueda fue el intento de quitarle las reservas del Central al ejecutivo y hacer humo las chances de un 2010/2011 económicamente próspero. Falló, por poco.  Quedó así pedaleando en el aire un exceso de “batalla cultural” desde acá y desde allá, pero que ya no esconde una pelea por recursos. Los recursos están asegurados y puestos en la parrilla del gasto público. La estrategia no resultó. ¿Y ahora, quien podrá ayudarnos?

La que, por vieja y hechicera, sabe más que todos juntos.  La Iglesia anuncia el nuevo programa opositor: la corrupción. La Nación lo recibe como agua en el desierto y pone el título fantasía “La Iglesia llamó a movilizarse y a votar contra la corrupción”. La apelación a la brutalidad política y republicana (¿la iglesia hace llamados a votar?¿hay convocatoria a la plaza contra la corrupción?, en fin) se justifica para que el nuevo mensaje bíblico llegue a todos. Muchachos, este es el nuevo tema. Un tema que no necesita instalarse. Y lo que es mejor, no necesita que se dirima en ningún lugar de poder. No habrá leyes legislativas que consensuar, no habrá ni siquiera que buscar culpables en la justicia. Desde la derrota del menemismo en el 99 se sabe que se pueden ganar elecciones apelando a la corrupción, con el imaginario social que ya está construido (y que cada gobierno se encarga de reforzar, también). Pero volviendo al comienzo del post: es la renuncia -por incapacidad, por pereza- a platear un debate sobre la economía. Menos que menos de volver a meterse en camisa de once varas y reclamar por los pobres. La última vez que la oposición se aglutinó en ese campo (también, con un llamado de la Iglesia) el gobierno tomó nota, sacó cuentas, rectificó un mal diagnóstico previo y creó la AUH. Para colmo, empezó a subir en las encuestas. Con la corrupción, pensarán los opositores, no será tan sencillo. Pero hay un problema en toda esta genialidad:  imitar más de la cuenta a la peor experiencia política de la democracia. A la Alianza le pasó algo parecido cuando creyó que debía rendir honores mudos a las tesis de los 90 (convertibilidad y Estado mínimo) y se refugió en la crítica moral al menemismo. El resultado es que llegó al gobierno, sin propuestas para gobernar. Me acuerdo perfecto de Mónica Gutiérrez -fiel voz de la oposición de ayer y de hoy- diciendo al otro día de asumir De la Rúa algo así: “El clima, la sensación de respirar un aire distinto, mejor, ya lo tenemos, fue algo casi inmediato. Ahora, la pregunta es qué medidas concretas va a tomar el gobierno….”

Che, de onda, esta vez, ¿no se pueden hacer esa pregunta antes?

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