Rock mestizo

Viejos amigos que me invitaron a escuchar a la banda y subir para tocar algún tema:

YIRA

ROCK MESTIZO Y COSMOPOLITA TAN CERCA DEL HIP-HOP COMO DE LA PAYADA,LA CUMBIA,EL RAP, TODOS ESTOS GENEROS GUIADOS POR SU MAXIMO MOTOR DE COMPOSICION: EL TANGO. REPRESENTATIVOS DE LA CLASE OBRERA ARGENTINA.

dos temas  para escuchar: http://soundcloud.com/yiramusic/02-el-espejo

http://soundcloud.com/yiramusic/3-el-fantasma

Quedan invitados.

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Piel

Hay un aire nuevo, no necesariamente fresco y liviano. Tampoco sería bueno exagerar en las promesas de tormenta, que sin embargo tiñeron los últimos movimientos políticos del 2011. Ese aire da signos contradictorios, dispares y por varios lados. Hay, para empezar, un dato que es que la maduración de todo proceso político que se alarga en el tiempo lleva en su marea cada vez más cosas, es un torrente más caudaloso y menos límpido (y eso es un elogio, y marca toda una diferencia ética y estética, políticamente hablando, frente a los que siguen pensando en términos de “mi límites es…”). Lo que era novedad se vuelve costumbre, algunos perfiles iniciales se desdibujan y otros se ponen más filosos. Kirchnerismo, podríamos decir, es todo lo que nos pasa, y definirlo es algo a lo que renunciaron hasta los opositores. La cara oculta de ser mayoría. Por ahí ronda el problema de fondo de la Plataforma 2012: los argumentos son remplazables, los nombres son remplazables. Podrían hablar de la Barrick Gold, como de infinidad de tantos temas no resueltos o mal resueltos, o que no se quieren resolver por parte del gobierno. Pero enumerar antojadizamente un par de esos casos no les da un criterio, una posición, menos una Plataforma. Los nombres, por eso mismo, también sin intercambiables, podrían firmar ese documentos intelectuales un poco más de izquierda o un poco menos. Da lo mismo. Un conjunto de malestares, de “observaciones”, no se convierte en algo útil para construir un proyecto político. No logran construir un “otro” político. Lo cual hace probable que sigan siendo los medios de comunicación los que le bajen línea a los partidos de oposición, algo que no es una buena noticia.

Los reacomodos que vienen con el fin de la minoría intensa tienen sus tiempos. Entre la minoría intensa y la sintonía fina hay un pequeño abismo que transitar. Es sacarse la pintura de la cara que se usó durante la guerra de posiciones, y pasar a la otra instancia. ¿Cuál es la otra instancia?  Hay signos “temáticos” de eso: el federalismo y la política en las provincias, el debate por el relato, el lugar de los sindicatos en un proyecto político, asoman como problemas políticos de gestión pero también como problemas de interpretación, de análisis, de posicionamiento. Hay muchos más, pero éstos tienen la característica de que no se arrastran desde el big bang de 2003. O sea, son más hijos del triunfo. Si hablamos de federalismo,  ¿cuál es la relación política, económica y poblacional que se tiene que construir entre el interior y el AMBA, qué es tener sobre eso una posición “nacional y popular”? ¿Hay algún consenso al interior del 54% para pensarlo?  Ahí, en Twitter, Lucas Carrasco mete el filo, cuando corre la discusión sobre los aumentos del subte del lugar apacible de “Macri ajustador”, y festeja el fin del derroche porteño y su servicio de transporte Premium a precio socialista. Pero es mucho más que ese caso puntual. La situación fiscal de las provincias parece que va a ser un tema recurrente para el 2012. Y ahí, pregunta interesante: ¿Cuántas provincias hicieron kirchnerismo puertas adentro en estos 8 años? ¿Cuántos poderes políticos locales se enfrentaron a “sus” corporaciones provinciales? ¿Muchos, algunos… ninguno?  Segundo tema: El debate sobre el relato y la historia también marca otro momento, otro aire. Otras incomodidades, acá y allá. La incomodidad de los historiadores y ensayistas no oficialistas ante el revisionismo tiene la antesala del revisionismo callejero que ocurrió durante el Bicentenario. Ése sobre el que se hicieron algunas preguntas interesantes en el 2010 y que ahora parece haber quedado tapado por el fuego cruzado entre el establishment académico y el grupo del instituto Dorrego, donde ambos pueden refugiarse más cómodamente en sus verdades inamovibles. La calle, siempre, mete más preguntas. El revisionismo silvestre de los días del bicentenario, el que pasó más allá de los cálculos, el que tuvo un relato de imágenes más que de textos, que tuvo su posmodernidad tecnológica, que tuvo un protagonismo popular calmo (tan alejado del 19 y 20), sobre ése es más complicado tirar dos frasecitas resolutivas. Porque deja incómodos a los dos lugares, o al menos les exige preguntas a todos. O sea, el punto es que todavía en ese debate histórico lo más nuevo es lo que está afuera, lo que todavía no entró a pensarse como “parte de la historia”, y que podría formularse así: ¿De donde y por qué salió toda esa gente? ¿A festejar qué patria? ¿Cuánto hay de “continuidad democrática” en los obeliscos de los cierres de campañas del 83 y el del bicentenario? ¿Qué puentes simbólicos hay con los festejos populares del peronismo clásico? El deber revisionista, tal vez no sea ahora develar los ocultamientos documentales que impiden descubrir el verdadero pasado, sino renovar, revisar las preguntas. Tercera y última: La cuestión del sindicalismo también, si podemos sacarle un poco de dramatismo coyuntural, tiene esa característica de incomodidad y de novedad. ¿Desde dónde lo pensamos? ¿Desde el esencialismo del peronismo del 45, desde el Congreso de la Productividad? ¿Desde las obras sociales (que son la base económica de la fortaleza política de los sindicatos)? ¿Desde la revalorización del rol de la actual conducción de la CGT durante el menemismo?  Hay algo que es casi casi indiscutible, y es que “esto que pasa” es fundamentalmente un proyecto de reconstrucción estatal. De retome del control político de ese Estado. Y como tal, quien conduce políticamente ese Estado debe subordinar a quienes con malas o buenas intenciones obstruyen ese proceso. La delgada línea roja (por la que pasan éste y casi todos los gobiernos de la región) es que esa subordinación recorta el poder de fuego de la “corporación” sindical frente a las corporaciones empresarias.  Es, de alguna manera, una tensión irresoluble, que sólo puede tener en  la fuga hacia delante, el control de daños y ciertos terrenos de autonomía  las variables para que la tirantez no se vuelva ruptura. Y con el correr de los meses, se verán los resultados, que van a ser simples de ver: el poder adquisitivo del salario,  el de desocupación, el de trabajo en negro. Todas materias donde ese proyecto de reconstrucción del Estado, que se conoce como  ”kirchnerismo” fue, hasta ahora, subiendo escalones. Desde hace 8 años.

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Heyn

El domingo sábado sale un Ni a Palos dedicado a Iván. Para los que tuvieron la suerte de conocerlo los va a emocionar, para los que no tuvieron la suerte creo que van a poder conocerlo un poco. Para unos y otros es una oportunidad para estudiarlo, uno de los escasos consuelos que nos quedan cuando alguien se nos pierde pero deja palabras, imágenes, gestos, impresiones profundas en los demás. Quería igual decir algunas cosas sobre él, pero también sobre nosotros, sobre lo que me pasó y nos pasó a algunos en estos últimos días. No lo conocí tanto, no tanto como hubiera querido, poco tiempo, aunque con algo de intensidad. Pero me faltaron un montón de cenas, me faltó un montón de militancia, de chismes, de reuniones, de discusiones. Para mí y para unos cuantos, en medio de esa cosa tan áspera que es la política, de la incertidumbre y de la desazón que te invade cuando conocés, así sea superficialmente, la “trama de las cosas”, lo que te queda es confiar en un tipo. Eso que en el argot tiene el nombre frío de “referente”. Bueno, Iván se había convertido en nuestro referente, así, medio de golpe, medio a los ponchazos, sin decisión orgánica, por pura obviedad. En el velatorio Lauti me abraza y me recuerda “¿te acordás que te lo presenté yo en una fiesta?”. No fue hace mil años, pero lo había olvidado. La escena me volvió enterita, perfecta. Acodado en la barra, Iván me dice “¿de qué puedo escribir la columna de esta semana?”. Yo no estaba en el suplemento y solamente tiraba algunas ideas acá, en el blog. Ayer, justamente trabajando para el Ni a Palos tuve que leer muchas de sus columnas. Así, circular, extraño, injusto, paradójico, como parece que son las cosas. En estos días de ver tanta gente hecha bolsa se vio también otra cosa, otra cosa de este pibe loco que se mandó la cagada de su vida. Era un transversal. Un kirchnerista todo terreno. Lo lloraban los amigos históricos, los que hoy están arriba conduciendo, militantes rasos, funcionarios y políticos, los creyentes y los sacerdotes del camporismo juvenil, los convencidos de todo y los que están llenos de dudas. Iván tocaba todos esos niveles porque hablaba, porque se exponía, porque mostraba las fisuras de lo que al mismo tiempo defendía a capa y espada. Porque sabía ponerse una careta, pero sabía sacársela. Porque desde ahí te conducía. Espero que se entienda lo que digo. Con dos compañero, Memo y Pacho, hace un tiempo le llevamos un libro que con mucho esfuerzo habíamos terminado de escribir. Estábamos entusiasmados, pensamos que él podía escribir el prólogo. Pero teníamos miedo. El libro hablaba, entre otras cosas, de economía. Daba un poco de cagazo, digamos. “Ahora descubre que somos unos salames”, pensamos. Un par de días después me lo encuentro en el chat y me dice algo así como “¿se suele poner en un prólogo, es un honor para mí…?” creo que le dije que no, por pudor. El prólogo nunca lo mandó, aunque siempre que lo veía me juraba que ya lo tenía escrito. Pero el punto es ¿quién hace eso hoy con gente a la que no le debe nada? Así son los que se salen de la media, los que son mejores. Iván no era humilde, para nada. Pero sabía ponerse en ese lugar cuando hacía falta, cuando entendía que tenía que jugar ese rol. Pasa mucho entre los músicos: los grosos son los que dan palmadas sin sentir que en eso se juega su ego, porque se sienten seguros de lo que valen, porque entienden el juego en serio. Son soberbios solamente cuando tocan, cuando se cierra la partitura son colegas, compañeros. Una de las cosas que me enteré en estos días horribles es que además tocaba el piano y le gustaba el tango. Algo más que me perdí de conocer.

Cuando nos terminemos de enjuagar las lágrimas, cuando los abrazos consoladores se vuelvan saludos normales, hay que ponerse a buscar otros como este pibe, no sé cuántos habrá, no sé donde están, pero hacen falta. Y cómo.

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Eppur si muove

El clima es, al final, de cierta institucionalización. De las grandes obras y de las pequeñas, institucionalización de los gestos y las formas kirchneristas, de su comunicación, de sus fobias y de sus amores.  Sigue Tomada y sigue 678, digamos. El mundo no kirchnerista (existe, aunque por ahora solo sean “la mierda opositora”) también sigue el mismo juego. El “campo”, Clarín y hasta la UCR  existen después de la guerra. Y está bien, en una democracia no se mata, sólo se abollan los poderes relativos. Sin embargo, a pesar del escenario de quietud pos octubre, algo se mueve.

La auto herencia del gobierno viene impregnada de los cabos sueltos que venían soltándose en los últimos tiempos. “Tiempos interesantes” (como tuitea @orgullozombi), más por lo insondable de lo que viene que por entusiasmo liviano. Crisis internacional, CGT, Scioli. Tres cosas bien distintas, tres cosas que no son nuevas. Si hasta tienen algo de deja vú. Sobre cada una, en ese orden, puede esperarse una actitud kirchnerista: reemplazar con esfuerzo público lo que el mercado desinfle cuando asome la recesión importada, tironear hasta el final ante un desafío que se lee como político, imponerle todo lo que se pueda a un aliado que siempre se lo miró y se lo mira con desconfianza. El punto es cuánto de cada problema tiene cosas nuevas.

¿La caja tiene la misma salud que cuando se enfrentó el cimbronazo de 2008? Por ahora el gobierno viene haciendo una redistribución de gastos interna, apagando las lamparitas subvencionadas de Barrio Parque para contar con algo más de margen en cuentas que son más estrechas que antes, pero si hace falta plata, mucha y de golpe…y ahí aparece algo difícil de mover, porque caló hondo en el sentido de propios y extraños: el kirchnerismo es la inversión exacta de la tesis de Chacho de que de una crisis no se sale con medidas progresistas. Ahora: ¿se podrá, una vez más, salir profundizando? ¿Hacia dónde, tocando qué intereses?

Scioli es un problema que viene del fondo de los tiempos kirchneristas, de su iniciación. Siempre, también, se le encontró su vuelta. Distintas, claro: desde sacarle todas las funciones relevantes cuando intentó un juego propio como vicepresidente en el 2003 (Scioli es tan excepcional que logró sortear la maldición de los vices…) hasta tenerlo como estandarte en el  distrito clave del país. Sacarlo, ponerlo, exponerlo, bajarlo, subirlo. Ahora esos movimientos tienen el problema evidente de que a la carrera del gran Daniel sólo le queda un casillero posible. El acuartelamiento policial puede tener una secuela inmediata en su contra, pero lo que paso (10 horas de rebeldía policial es algo grave, grave y grave) también desnuda la necesidad de un poder político fuerte, de tener una “autoridad” un poco indiscutida, a la que no se va a poder limar mucho sin correr el riesgo de terminar igual de machucado. Porque, se quiera o no, Scioli va a seguir teniendo la posibilidad de pegar un salto de tranquera sin costo político en la sociedad, a pesar de que jure “lealtad al proyecto” todas las mañanas. Esa es su magia contra la que no parece haber antídoto.

Moyano también es un problema de larga data. Desde los tiempos inmemoriales donde Néstor transpiraba la camiseta en vida. La muerte, los reflejos políticos de Moyano que salió esa misma mañana a compararlo con Perón y una campaña donde recién después de las primarias se despejó un panorama que parecía incierto, jugaron en favor de desactivar por un tiempo una bomba que existía y existe. Otra vez, habrá que ver si los viejos recursos que se usaron para mantener la relación entre el gobierno y la CGT siguen funcionando. Porque los pagos se hacen una vez, ni dos, ni tres. ¿Qué siente el sindicalismo? Que ya pagó el regreso de las paritarias, que ya pagó el aumento del empleo, la bonanza de estos años. Y ser parte del proyecto político significa cierta disputa por nuevos espacios de poder. ¿Qué siente el gobierno? Que las actitudes corporativas, así vengan del gremialismo peronista más cercano, le restan margen, le pelean el discurso, le imponen agenda. Inventemos un axioma nacional y popular: “que se tense pero que no se rompa”.

(Si es verdad lo que se dice sobre una elección directa para elegir al secretario general, la CGT estaría construyendo una legitimidad interna y externa muy distinta a la de hora. Porque “tendrás tu autonomía cuando coseches tus votos”. Paradojas de la vida (o no) sería una actitud bien kirchnerista, aunque un dolor de cabeza para el gobierno: el gremialismo “tradicional” arrancándole las banderas  a la CTA progresista. Justo cuando De Gennaro asume su burocratización final de diputado con saco y corbata.)

 

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¿El sabor del encuentro?

Habrá que ver, pero algunas líneas que se dibujan en el horizonte dan esperanzas para los que creemos que es una locura una escalada sin freno entre los gremios y el gobierno nacional.  Plaini , el mejor de los voceros del moyanismo,  estuvo de ronda en los medios. El discurso acusa el golpe recibido por las palabras de Cristina de las últimas semanas y más que nada el baldazo de agua fría por el descarte de un impulso legislativo a la ley de reparto de ganancias. Además del consabido apoyo al modelo, a la conducción de Cristina, a la pertenencia al  “proyecto”, lo más interesante de las declaraciones de Plaini es que aparece el reconocimiento de las distintas naturalezas de un actor y otro: “el gobierno representa a los 40 millones de argentinos, nosotros representamos a nuestros trabajadores”. Una verdad evidente, si se quiere, pero que dicha por boca de un dirigente sindical deja en claro algunas cuestiones centrales. Por un lado, la advertencia de las distintas magnitudes  en la representación política, y por ende, aunque no se diga, en los grados de legitimidad de unos y otros. No es ya solamente un debate al interior del “movimiento nacional y popular”, sino, más importante, una lectura de las elecciones presidenciales. Eso le faltaba a la CGT: poner sobre la mesa la inevitable realidad de que el escenario político se cerró alrededor de Cristina por prepotencia de las urnas. Se verá como sigue la película, todo lo sólido se desvanece en el aire y demás, pero hoy esto es un hecho y resulta (ba) un problema político en sí mismo que la conducción de la central obrera actuara y declarara como si las elecciones no hubieran existido. Que los sindicatos hayan tenido un papel marginal en ese proceso  -sin dejar de anotar que sí lo tuvieron en tantos otros momentos desde el 2003- habla de una debilidad relativa que debía pasar por escribanía. Pero también el reconocimiento de poseer una representación limitada a un sector de los trabajadores (hay que anotar que, si bien importante, minoritario en el universo de la fuerza laboral argentina. Algo en que la CGT como institución tiene responsabilidad histórica por haber decidido no ampliar su representación a los trabajadores que se quedaron sin empleo, o con empleo no registrado) les permite delimitar un margen de maniobra, un nivel de acción diferenciado del gobierno. Somos este ladrillo de la pared: si lo sacás se cae la pared, pero no somos ni el cemento que unifica todo, ni el albañil que la construye. O sea, desde ese lugar de representación (de) limitada, pero a la vez con la fuerza de ser la mayor organización real y concreta de eso que se suele llamar “pueblo”, desde ese lugar, se vuelve válido construir una posición de autonomía parcial respecto al ejecutivo.

Desde el gobierno, hay señales que permiten pensar que la sangre no va a llegar al río: los cantos de sirena para poner otro secretario general no superan el rumor, la apelación constante a que no se es “neutral” (dicho frente a los empresarios, nada menos) fija también un lugar ideológico y práctico sobre la disputa por el reparto entre capital y trabajo por parte del gobierno. También la elección desde donde fijar los límites de la cancha.  Aerolíneas Argentinas, una empresa estatal de impacto mediático, alta apuesta política por ser el espacio de gestión más relevante que Cristina le dio a la juventud, pero también un lugar donde se llega al paroxismo la representación sindical de trabajadores que calzan perfumes importados. Hay también, ahí, una lectura que hacer. No se eligió “cortar por lo más delgado”, todo lo contrario. No hay, hasta ahora, signos reales de una política económica contractiva, ni de congelamiento salarial (las paritarias siguen siendo parte de lo que el gobierno defiende, y a lo sumo puede esperarse un intento por bajar el porcentaje de aumentos). El gobierno marca con insistencia la desigualdad de ingresos y derechos de los trabajadores. Eso, que es parte de los argumentos para pedir mesura a los sindicatos, también es una auto imposición para la gestión 2011/2015. Bajar la tasa del trabajo en negro y la tercerización empresaria son tareas estatales que devuelven el conflicto a su lugar: el gobierno como instrumento para ampliar derechos sociales.

El punto oscuro, como siempre son los “miedos”: hasta dónde irá el bisturí del gobierno, hasta donde tensarán los sindicatos en la defensa de su poder económico, hasta donde los dos siguen privilegiando la alianza “estratégica” por sobre la disputa “táctica”, etc.

El sabor del encuentro, una vez superada esta instancia de medición de fuerzas (o, mejor, de asumir los lugares reales de unos y otros que las elecciones dejaron a la vista), podría pasar por construir una “sintonía fina”  entre los intereses compartidos, volviendo la mirada hacia los sectores que la siguen levantando en pala y son, por portación de armamento, los más capaces de boicotear el proceso político y económico: bancos, exportadoras de cereales y aceites, empresas mineras, empresas energéticas, dueños de la tierra. La productividad política de tener una UIA “amiga”  va a ser medida por el margen de maniobra que gane el gobierno para imponerle condiciones (inversiones, tasas de rentabilidad, precios). Ahí también hay una “heterogeneidad de clase” donde una de las divisiones posibles es entre los agregadores de valor y los perceptores de renta. Está clara la intención de Cristina cerrar un acuerdo de mediano plazo con los primeros, en un contexto de turbulencia internacional y necesidad de dar un salto en el desarrollo industrial. Falta ver cómo se juega con los segundos. En la crisis internacional de 2008 el gobierno fue, con suerte dispar (retenciones y afjp), a disputar parte de esas rentas. ¿Hoy?

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Caso testigo

¿De qué va el conflicto con la CGT? Hay una cosa un poco obvia, y es que el 54% cerró, por ahora, el debate con la oposición política, y que esa clausura, sumada a la situación de no reelección de Cristina, hacen que las disputas centrales sean al interior del oficialismo. Lo que no era del todo previsible es que el primer resorte en saltar tenga que ver con el sindicalismo. O sí. Con la situación ya sobre la mesa es fácil encontrar el hilo de la historia. El intercambio sobre si ya hubo o no “un presidente trabajador” en el acto de River del año pasado, el amague del paro nacional de Moyano en marzo de este año, la insistencia como madre de todas las batallas del aumento del no imponible. Se podría incluso remontar a los incidentes durante los traslados de Perón, en la prehistoria del 2006.

Más allá de esto, hay cosas en que todos estamos de acuerdo: el sindicalismo tiene la función de representar a sus afiliados y la actual dirección política de la CGT es parte del proyecto político que lidera Cristina. El punto es hasta donde el sindicalismo quiere ser también un actor político. Hasta qué punto puede, digamos. Hay un argumento concreto, favorito para muchos: los votos son de Cristina, si Moyano se presenta a elecciones saca menos que Carrió.  Ergo, su posibilidad de convertirse en un actor que dispute poder político tiene ese techo, más que bajo. Pero esa realidad podría hacerse extensiva a otros espacios, en verdad a casi todos, porque, efectivamente, los votos son de ella. Quedarnos en ese razonamiento, que no deja de tener su sentido para entender el marco general, significaría pensar en términos estrictamente electorales. Algo que pasa cada dos años, y en el medio, sabemos, en la Argentina pasa de todo. Todos hacen política, incluso (o sobre todo) los que no se presentan a elecciones: las corporaciones económicas, los medios de comunicación…y los sindicatos. Por otro lado, al menos por ahora, no tiene visos de razonabilidad pensar que la CGT está a las puertas de cantar “que pasa general que está lleno de gorilas el gobierno popular”. O sea, no hay una disputa por quien conduce el proceso, más allá de las remembranzas sobre la característica de “columna vertebral”  que supo tener el sindicalismo en el peronismo. (Nota: cuando no existía desocupación ni trabajo en negro, y era la UOM o no los camioneros los que controlaban la espina dorsal de esa columna). Hoy, todo, es más relativo.

Lo que sí parece preocupante es que la CGT tenga como único foco de conflicto su relación con el Estado. Ahí hay un problema. Sea Aerolíneas o la subida del mínimo no imponible, su corporativismo está en la cornisa de volverse anti estatal. La centralidad política del sindicalismo tenía (y debería seguir teniendo) al capital como su contraparte. Como dice la marchita… Ahora, si todo se agota en combatir al Estado, el perfil “político”, la “conciencia de clase”, o el programa de la Falda, queda un poco en una nebulosa discursiva sin correlato en los hechos. Esa puja totalizadora de otros tiempos, que le daba sentido a la centralidad que tenía la CGT, aparece amputada de sentido, y el sindicalismo termina convirtiéndose en los hechos una corporación más,  que el gobierno, lógicamente, va a buscar dominar, disciplinar y potencialmente, debilitar.

No digo que eso sea una realidad cristalizada, sino que es un peligro latente, cada vez más cerca.

El caso de Aerolíneas es un ejemplo de eso. Despejando el panorama de operaciones, protagonismos personales y quilombos cruzados varios, en lo concreto el desafío político pasa por recuperar para el estado una empresa que fue privatizada y vaciada. Enfrente están todos los que quieren que ese experimento fracase, tácticamente para cobrárselo a La Cámpora, estratégicamente para mostrar a la sociedad que lo público no sirve y que el estado sigue siendo el mismo minusválido de siempre. Es entendible que los sindicalistas de la empresa tomen la disputa táctica como el centro del asunto, pero no que lo haga la conducción de la CGT que al mismo tiempo tiene aspiraciones políticas. Lo mismo vale para el gobierno: confundir esos dos planos del conflicto supondría comenzar a enajenarse un actor imprescindible para seguir avanzando por el mismo camino de reconquista de derechos.

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November rain

Es como si todos hubiéramos quedado con la mochila recargada de lecturas simbólicas. De un año a esta parte vivimos una condensación un tanto inusual: una muerte que fue a la vez una presencia política descomunal, la visualización de los efectos sociales (y electorales) de las políticas de inclusión, la construcción de un imaginario kirchnerista más preciso, la incorporación de la juventud como un actor político, y como resultante, la conversión de la resistencia a la mayoría. Muchas cosas en poco tiempo. Todo eso fue empujado con tracción a sangre, con esa fuerza que da el miedo a la derrota. No por nada “Fuerza” fue el emblema la campaña…había ahí, debajo de las certezas y convicciones militantes y gubernamentales, un interrogante sobre el acompañamiento de una sociedad que de uno y otro lado se percibía como más disputada de lo que en verdad estaba. ¿Entonces, qué hacemos con toda esa espuma de símbolos creados para dar una pelea que se recontra ganó? Mantenerla como está con el argumento de para-que-cambiar-si-así-nos-fue-bien tiene su lógica, pero eso sería pensar que en el medio no cambió nada. Las sociedades son lectoras intuitivas y bestiales de eso que está en el aire, y un gobierno de mayoría contundente va a estar sometido a otros exámenes, a otras demandas. Forzando un poco el psicologismo de masas (?) se podría pensar que la sociedad al votar al gobierno, se liberó del kirchnerismo. “Hemos pagado”, o como dicen los carteles que se pegaron en los últimos días “el mejor homenaje es el apoyo de tu pueblo“, tómese el que caiga más simpático, pero es lo mismo: ahí hay una mutación que sería bueno registrar. Lo que empezó con la 125 terminó con el 54%. Pero hay una cosa más: también parece haber llegado a un final aquello de las “demandas acumuladas”. Desde la Corte Suprema, los juicios de derechos humanos hasta la asignación universal, todo ese recorrido podía encontrar un antecedente en años anteriores, en agendas sociales, en propuestas partidarias, en discursos voluntaristas, etc. Eso que  supieron hacer Néstor y Cristina de construir la agenda propia a partir de lo que otros quisieron y no pudieron, también parece haber llegado a un agotamiento. Por el éxito, claro. Y también por cierta pereza de los actores sociales y políticos: después del atropello por el ingreso ciudadano, que terminó en la AUH, el progresismo intelectual no k prefirió concentrarse en ataques no programáticos, en acusaciones de orden moral, en el espanto que les fue generando los dispositivos de comunicación oficial, pero abandonando cualquier intento de correr “por izquierda”, o así sea por cuestiones de gestión, lisa y llana. ¿Por donde van a venir las nuevas demandas? El moyanismo juega ahí un punto delicado: tensa la cuerda para reclamar una redistribución que es justa en términos de capital vs. trabajo, pero injusta hacia el interior del universo de laburantes. ¿Cómo se salda eso, cuando además, la representación de los trabajadores organizados, en blanco y con sueldos de 7000 pesos es infinitamente más orgánica que la de los que cobran la AUH, que tendrían mejor motivos para “ir por más”? A Cristina la votaron los dos. Y las posibilidades de éxito del proyecto político dependen de que esa conjunción no se rompa. Sacar a Moyano para que quede un gordo puede servir tácticamente, pero en el mediano y largo plazo sería un retroceso. Hay, ligado a eso, otro nivel de incógnita: aumentar el nivel de sindicalización, producto del blanqueo del trabajo, aumentaría el nivel de presión que los sindicatos puedan ejercer, pero a la vez podría ir limando el perfil cuasi elitista que fue adquiriendo la CGT, en la medida que entren los que hoy cobran la AUH, o están en negro.

Fue un año de política al palo pero, también, de baja intensidad en eso que constituyó al gobierno desde el comienzo: hubo pocas “sorpresas”, que en el paradigma k equivale a decir pocas políticas novedosas, poco pateo del tablero. Algo que no es preocupante porque ya aprendimos que el avance depende del conflicto, y no al revés. En ese sentido resulta extraño que “la opo y la corpo” se haya lanzado con tanto apresuramiento y decisión a empiojar la cancha con el dólar. ¿Qué quieren muchachos, más controles, más estatismo? Ok, pero después no se quejen. Las condiciones concretas, de ejercicio de las variables económicas que estén detrás de esto se me escapan, pero no parece que tenga mucha productividad ir a fondo en una estrategia “desestabilizadora” con un gobierno que ya se sabe cómo sale de los apuros y que, además, tiene algunos votitos donde apoyarse. Digo, de pronto, me parece.

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Síntesis superadora

Hace un año, escribía:

¿Qué es “el proyecto”? Elegir, más que nada.  Elecciones binarias, casi siempre. A quien privilegiar, de que lado del mostrador ponerse, para donde inclinar la balanza. Kirchner fue eso. No escribió 20 verdades, ni propuso una Comunidad Organizada. Tampoco deja un recorrido previsible de por donde seguir, qué transformar y cómo hacerlo. Pero la sombra de Néstor va a aparecer detrás de cada decisión, cuando alguien desde la presidencia tenga que definir quien gana y quien pierde.  Para nuestro orgullo, desde el 2003, el gobierno eligió innumerables veces a los débiles, a las víctimas, a los excluidos. No es un programa, pero es un rumbo, es un norte.

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¿Se terminó el kirchnerismo? ¿Empezó el kirchnerismo? Las voces, las imágenes, la plaza de ayer no parece el fin de algo. No parece.  Parece la confirmación brutal y triste de que algo al final se había soldado entre Kirchner y la gente, más de lo que pensábamos nosotros mismos. Si en el Luna Park se había congregado un anillo de militancia joven, ayer se le sumaron varios anillos externos más. Pero tal vez sea, también,  la entrada final del kirchnerismo en el peronismo: veo a cinco tipos que llevan por el corredor de acceso, sobre sus hombros, una Virgen con fotos de Kirchner pegadas a los costados. O el santiagueño de cara curtida que cuenta que hizo 800 km para estar ahí. Y la marea de gente, que no paró de llegar. No parece el fin de algo, no parece.

Hoy:

No me gusta la palabra “mito”. Vino y vendrá cierto sofocón evocativo, en algún punto inevitable y lógico. Pero en medio de eso no habría que perder el eje: la relevancia de su figura está atada a lo que hizo en el momento en que tuvo que jugarse. Se me hace un poco inútil el rastreo detectivesco para encontrar el Néstor de 2003 en la gobernación de Santa Cruz, en la intendencia de Río Gallegos o incluso en los setenta. No porque no haya lazos, continuidades que expliquen su biografía, es obvio que sí, una persona es su recorrido. Pero me parece secundario. Era un pibe más de la JP o un gobernador como muchos otros en los noventa. Casi no fue presidente y un ejercicio contrafáctico pero tentadoramente sencillo diría que era muy poco probable que hubiese tenido una oportunidad similar en el 2007. Entonces: lo realmente excepcional fue lo que pensó y lo que hizo cuando millones de circunstancias lo pusieron a jugar con bastón en la mano, mientras Cristina lo miraba y se reía, nerviosa, un poco feliz, incrédula de que hubiera llegado. Hubo siempre algo que me sorprendía cuando hablaba. Dos cosas, en verdad. Decía: “los que ocupamos el poder circunstancialmente…” y “las verdades relativas de cada uno para llegar a una síntesis superadora”. Son textuales, o casi. Yo estaba, confieso,  siempre en la disyuntiva de creerle o no. O sea: le creía, me dejaba convencer, pero en algún lugar pensaba que era contradictorio con un liderazgo populista (y no hay nada que hacer, la palabra me sigue sonando gorila). Ahora me parecen parte de un repertorio teórico insustituible del kirchnerismo. Es horrible que la muerte enseñe cosas. Kirchner un día no estuvo más y lo “circunstancial del poder” se volvió un hecho. La posibilidad de una “síntesis superadora” iba a tardar un poco más, prácticamente un año, cuando una presidenta desde la Plaza de Mayo habló de “unidad nacional” después de sacar el 54%. Pero justamente, porque todo poder es circunstancial, también habló de organizarse, de construir, de participar. Y en ese camino habrá que intentar seguir construyendo otras síntesis superadoras, que se miden siempre desde el punto anterior: así como Néstor tenía detrás al 2001, a la sociedad desarmada, a los reclamos desarticulados, Cristina viene armando otra síntesis, hija de los logros de la anterior, donde están los “privilegiados del modelo”, y los que todavía tienen que entrar. Los trabajadores en blanco y los que cobran la AUH, digamos. La síntesis no se trata de juntar el agua con el aceite, ni hacer lo acuerdos repúblico-cívicos que por suerte ya ni se piden. Se trata de juntar a los que necesitás para poder avanzar. Cuantos más juntes, más vas a poder avanzar, siempre cuando se mantenga la conducción  y algunos límites en las alianzas. Límites. Filos. Néstor. Ahí, justo ahí. Para hacer la síntesis-circunstancial, hay que pararse en el lugar más incómodo. La única manera de seguir aprendiendo de alguien que se fue es estudiarlo un poco.

Ayer en Comodoro Py, se comenzó a cerrar el círculo que abrimos en la ESMA, en el 2004, cuando el kirchnerismo recién despuntaba. En la calle eramos menos, la verdad. Pero eso sería entender mal las cosas. Se logró que muchos hijos de puta no puedan estar más afuera, y si en el 2004 entramos un poco de prepo en el teatro del horror, donde había algo de sana revancha, ayer, prolijamente, los sentamos, les pusimos cámaras de televisión, le nombramos a las víctimas y les dimos condena. Tres jueces de la Nación, uno en disidencia. Néstor, nosotros. Síntesis superadora.

Yo también: http://bit.ly/vPAwam

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El acertijo

¿Cómo se hace para traducir una gestión de gobierno compleja, confrontativa, llena de grises, de relatos, de “tradiciones que vienen de lejos”, de ausencias, de logros, de temas pendientes, de ocho años seguidos a pura locomotora? ¿Cómo se hace para articular una idea de país, cómo para bajar los conceptos del atril , cómo para explicar el modelo de “crecimiento con inclusión” sin cuadros gráficos, ni números del INDEC?

Mostrás los resultados mostrando a la gente a la que le sirvió todo eso.

Era fácil, muy fácil. Para hacerla difícil tenemos todo lo otro.

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uno, dos, tres, muchos kirchnerismos

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